La pupila negra. Teatro y terruño en Eugenio
Hernández Espinosa. de Alberto Curbelo. Premio razón de ser 2005 y Mención del
premio UNEAC 2011.
| Hilda Oates como María Antonia |
Muy valioso para los interesados en el teatro
de Eugenio Hernández Espinosa (1936), este libro del dramaturgo Alberto Curbelo, director
teatral del grupo Cimarrón, amigo y colaborador de Espinosa, a quien llama su “padre intelectual”, recoge conversaciones
o relatos – todo no parece oral – con un autor bastante desconocido. Aunque premiado, desconozco si existe una edición en
papel y la que he leído – digital– me la proporcionó un amigo, en esta suerte
de cofradía para hacernos de los libros cubanos.
Hernández Espinosa es un gran
entrevistado (recuerdo las de Maité Hernández
Lorenzo y Cristilla Vasserot) donde como
es lógico, hay pasajes que aquí se repiten o se cuentan con más detalles. Sin embargo, por primera vez se puede seguir el recorrido desde el niño hasta el autor consolidado que recibe el
premio nacional de Teatro en el 2005, sus lecturas, influencias, su iniciación política – en la Juventud Socialista– su trayectoria literaria, antes y después
de El Puente, su numerosa obra no
recogida, escrita en el Seminario de
Dramaturgia del Teatro Nacional y para
los aficionados, su pasión por los autores cubanos del XIX, que lo lleva a escribir Manzano, el Caribe y la negritud y desde luego su mirada única
sobre su propia obra, que casi nadie tiene oportunidad de revelar.
Eugenio narra el proceso que lo lleva a María
Antonia (1967), los entresijos de la puesta de Roberto Blanco y Calixta Comité (1980), dirigida por él, la fundación de varios proyectos teatrales, su relación con la Casa de las Américas y otras instituciones, su opinión de las versiones cinematográficas de sus obras y también otros aspectos biográficos en distintas etapas, también las de marginación y su amor por Ana Aurora Díaz, entre tantas revelaciones. Menciona su teatro engavetado (se agradecerían algunas sinopsis). Dividido por versos del
Oddun, Eugenio habla de teatro y de “terruño”, el barrio del Cerro, su espacio
vital y la locación de la mayoría de sus obras.
Por este recuento me entero que en 1992 escribió
El viejo reloj marca la hora exacta, después de un viaje a la URSS de la perestroika, que Quiquiribú mandinga (2009), prologado por Curbelo,
reúne sus piezas breves, y la revista Unión publicó "Deja que llegue Josefa" (2001). En los últimos años su experiencia ha sido intensa en el Caribe. Para mi sorpresa, tiene un tomo del absurdo titulado Delirium. A pesar de haber estudiado su Teatro completo y las anteriores
ediciones de sus libros, puedo afirmar, lo mismo que digo de Brene en mi último
libro, acercarnos a él por ahora será sólo una aproximación. Ahora viene lo más duro: perseguir esos otros libros.

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