Ediciones de la Flecha

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4/21/10

Montes Huidobro: dos obras de los sesenta

Matías Montes Huidobro lee mañana, en Miami, donde reside, dos de sus piezas de los sesenta, en un ciclo cuyos detalles se encuentran en el blog del Instituto Cultural René Ariza.  La autora de La Flecha adelanta un texto-en progreso, que integrará con ayuda de los dioses, el segundo tomo de El enigma de la leontina, hasta ahora titulado Viaje al teatro cubano (1960-1985).

Si en Los acosados… una luz extraña indica que subirá el coste de la electricidad y los cobradores acosarán a la pareja a perpetuidad en espiral repetitiva; en Gas en los poros, (1960) de Matías Montes Huidobro, abrir la ventana y permitir la entrada de aire limpio es símil de  libertad. Madre e Hija tratan de exorcizar el pasado en un espacio cerrado, mediante una escena de «teatro en el teatro». A la vista del público, hay una ventana imaginaria. Como en Las criadas, de Genet, que Francisco Morín estrena en 1954, Madre e Hija intercambian acusaciones y culpabilidades en el procedimiento víctima-verdugo. La historia no se cuenta de manera coherente, sólo mediante atisbos. La Madre alquilaba su sótano como sitio de tortura y es cómplice de crímenes y asesinatos. Ahora existe un muro, pero la hija recuerda, aunque la Madre persista en contaminarla: “Estabas al tanto de todo. Sabías tanto como yo” (1991,112). “El pasado es un cadáver que apesta y tú y yo pertenecemos al pasado” Pero la madre se justifica… “ellos tenían las armas en la mano”, porque “alguien tenía que mantener en pie esta casa”. Pero la hija (de la que se conoce todavía menos), educada a la antigua, enfermiza,  recibía clases de piano y fue a un colegio de monjas, quiere saberlo todo, e intenta salir del encierro y como Luz Marina, respirar el aire fresco. Asfixiadas en una atmósfera de miedo y pesadilla, el recuerdo del sótano se hace visceral.

La hija. ¿En dónde me has encerrado, mamá? ¿En qué cárcel he vivido durante todos estos años? (113).

La cárcel se extiende a la existencia. La obra articula el intercambio de acusaciones con las secuencias de “Había una vez”, que como en los cuentos infantiles, narra las distintas versiones que se ofrecen del pasado, en  teatro dentro del teatro. Entra la «vieja camarilla»: el General, el Alcalde, el Senador, el Jefe de la Policía y se teatraliza la escena en la cual La hija presencia la violencia del sótano: “aquella descarga inesperada de ametralladoras, cerrada” (114). La Madre interpreta el papel del Sr. Ministro. “Aquí no ha pasado nada”, y ambas incorporan diferentes personajes, anticipo del profuso intercambio de roles de La noche de los asesinos.  Sólo que aquí la representación no es para saber la verdad como en El chino, de Carlos Felipe, sino para ocultarla. «Todo ha cambiado» y «esta casa no es la misma de antes». La Madre no tolera que la Hija improvise y agregue palabras de más. La historia tiene que ser disfrazada, la verdad debe ser sepultada. En su delirio, la Madre actúa como si nada hubiese cambiado. Pero la Hija oye palabras nuevas y quiere entender.

La madre. (Amenazante). Esas palabras se las dirás una a una al jefe de la policía.
La hija. El jefe de la policía está muerto.  Ha sido ametrallado, mamá. (118)


Gas en los poros remite al contexto de los primeros primeros años de la Revolución en los que se castiga a los criminales de la dictadura. Acorraladas y acosadas, la madre no se comunica con el exterior y la hija la acusa de estar contra los jóvenes “culpables del heroísmo”. Y aunque su lectura ideológica no ha sido la más frecuente, se inserta con valentía en el tema de los sesenta. Por una parte, una obra de la memoria (“el olvido tiene una memoria que se clava en el recuerdo y tiene que salir” (117) y por otra, de la responsabilidad y complicidad con el régimen anterior como en El hombre inmaculado, (1959)  de Ramón Ferreira,  un torturador. Se insiste en que después de consumada la violencia, el ejercicio de la libertad no será fácil ya que nació escondida en las mazmorras y está hecha de míseros ocultamientos y egoísmo.
La tercera secuencia de “Había una vez” es más enigmática, se refiere a una tercera persona: una vecina se escapa y una abuela autoritaria da bastonazos en el piso. La Madre incorpora a la abuela déspota: “Que les quemen las cañas, que arda todo, que no quede más que ceniza y sal” (121). La hija identifica la tiránica abuela con su madre y  “cansada de aquellos siglos de opresión, de silencio” envenena una copa de vino –que acaricia como un cáliz—  especie de ceremonia ritual, y  se la ofrece. Y al fin, abre la ventana.

La madre. ¡Me asfixio¡ ¡Necesito un poco de aire¡
La hija. Abriré la ventana.
La madre. ¡Abrela, ábrela al fin¡ ¡Tu libertad no te será fácil¡
La hija. Es cierto. Todos lo sabemos (123)

El último bocadillo la deja abierta a más de una interpretación, y la desenmarca de otras obras suyas de adhesión entusiasta aunque “cautelosa” como La botija (1960) y El tiro por la culata (1961). Los acosados se estrena junto a La botija ya que era habitual que en los programas de piezas cortas, se representara una obra de afirmación y apología, y otra de urgencia y agitación.

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