Ediciones de la Flecha

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9/10/10

Frijoles colorados, de Cristina Rebull

Cristina Rebull hace de la materialidad el centro de Frijoles colorados, a la manera del absurdo de El flaco y el gordo. Dos personajes, Matilde y Enrique ablandan los frijoles en una olla de presión, mientras una amenazante hez se esparce como una mancha depredadora. La hez es invasiva, truculenta y festiva y ellos le hacen frente. Teatro de olores y de sonidos –como el silbido que los cubanos conocemos como la “bailarina” de la olla de presión–- no creo que se pueda desarrollar mejor una situación dramática creciente que a partir de este ejercicio imaginativo. Los dos ancianos son padres, hermanos, marido y mujer, alumno y maestra, se reconocen o se olvidan, se quieren y se odian. El acto de de “ablandar” los frijoles los cohesiona como en una vuelta a la manzana permanente, un ritual doméstico, una perpetua actitud de vigilia. Rebull se anticipó a la omnipresencia de la olla que ha devenido parte del debate nacional y centro de enjundiosos chistes. Es lógico entonces que la obra termine con los personajes en guerra, atrincherados, defendiendo el artículo electrodoméstico y lanzando frijoles con un tira-piedras.

Fragmento de mi artículo "Cuba material en siete autores", publicado en Primer Acto, que se refiere al texto y no a la puesta de Rolando Moreno que por la crítica de Antonio Orlando que leí, es excelente.
Cristina Rebull y Jorge Hernández. Fotografía de Ernesto García.

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