Ediciones de la Flecha

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9/20/11

Cabaret



Si me lo hubiesen contado, no lo creería. En el teatro Freud de UCLA  -donde también he visto a Robert Wilson y al Wooster Group-  un nutrido y entusiasta público, en su mayoría de más de cuarenta años, celebró la reprise y  en la reposición  vio puntos de comparación, discrepancia y creatividad. Yo pensaba que  ocurría con los griegos, Shakespeare y Moliere, pero ayer me di cuenta que también con una obra de 1966: Cabaret, de Kander-Ebb, dirigida y coreografiada por Marcia Milgrom Dodge. La primera producción de Reprise Theatre Company de la temporada. Según las notas de Play Bill, la directora lo considera no sólo un clásico del musical norteamericano sino una pieza oportuna para los tiempos “volátiles” que corren, que recuerda que hay que abrir bien los ojos sobre lo que ocurre en el país.  El libreto de Joe Masteroff, basado en la pieza de  John Van Druten "I Am a Camera" y la narrativa de  Christopher Isherwood, está ubicado en los años treinta previos al surgimiento del nazismo.
Un  escritor norteamericano llega al Kit Kat Klub, el glamuroso cabaret de Alemania donde las muchas lentejuelas impiden ver lo que se avecina. Detrás de las luces de neón,  el maestro de ceremonia canta uno de los temas más conocidos,  "Willkommen". El escritor, sin inspiración y sin dinero, se dirige a una pensión barata, que al fin renta por cincuenta marcos en medio de una disputa rematada por la canción “So What?”que canta Fräulein Schneider (Mary Gordon Murray).  Allí encuentra  a la cantante del Kit Kat  que inmortalizó Liza Minnelli en 1972. El argumento –un melodrama–  es muy rico en subtramas, con un balance muy acertado entre la excelencia de la partitura, que ha dado tantos hits y el entramado social. "Don't Tell Mama" presenta a Sally Bowles, (Lisa O'Hare)  aquí más flapper y menos vulnerable que la que todos recordamos de Minnelli y Fosse.

Para alguien absolutamente profana en el musical norteamericano (vi Our Town en el 1998 en Broadway), la experiencia es inusitada. No puedo –como el resto del público- darme cuenta de las diferencias con respecto a montajes anteriores, pero las puedo intuir. Sé que la puesta pudo hacerse en doce días en Los Ángeles y cualquiera otra ciudad porque la mayoría de los actores y el elenco saben como la palma de la mano sus personajes y han sido entrenados en esta tradición. Y si me pareció muy acertada la Sally de O'Hare y  brillante Bryce Ryness  en el maestro de ceremonias, cuando la casera y el dueño de un expendio de frutas, (Gordon Murray  y Robert Picardo)  se enamoran con "It Couldn't Please Me More" y Herr Schultz le regala una piña a la casera, entendí por qué el teatro estaba lleno de un público de más de cuarenta años.  El montaje tiene mucha claridad respecto a la actualidad de la obra. En Cabaret, todo el mundo busca la manera de sobrevivir empezando por el escritor, que consigue dinero «fácil» y mientras se baila y canta en el club, la Schneider ha aprendido a ser  cautelosa porque es todo lo que tiene y renuncia a su matrimonio con el judío que se desplaza a otro barrio. Y en medio de tantas renuncia, tanto dolor, tantas separaciones, Sally escoge el cabaret y el escritor ya en el tren,  empieza su novela: “ There was a cabaret, and there was a master of ceremonies... and there was a city called Berlin, in a country called Germany...and it was the end of the world." Antes el escenario se llenó de esvásticas y la rutina coregráfica se volvió sórdida y marcial.
Al salir del teatro recordé, no sé por qué, que el teatro Alhambra era el único sitio al que se llevaba a los turistas. Y me sentí un poco turista aquí.

Las fotografías son de Ed Krieger tomadas de Play Bill


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