Ediciones de la Flecha

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8/31/12

Zamacois en entreacto

 El Entreacto (1836-1870), la bellísima publicación con una cabecera ornamentada que dirigió Bécquer hasta su muerte, es como todas las  españolas, una fuente indispensable para saber de la Cuba filarmónica, cómo le iba a los artistas de la península en suelo cubano, la programación de los teatros y las variadas incidencias de las compañías en el nuevo mundo. La Habana tiene su perfil  y sus corresponsales estaban muy al día del acontecer. A veces escriben notas poéticas, como el pie debajo del grabado de Romualda Moriona, de quien se dice era artista  ultramarina, que estudió en Madrid y debutó en La Habana y cuya voz y canto "saben a guayaba".  Otras,  algo disparatadas como la  que sigue, al regreso de Elisa Zamacois, de una estancia entre nosotros.

Elisa Zamacois. Entreacto  no. 28. 10 de junio de 1871.
Es buena artista, buena hija y buena moza. Generalmente hablando, gusta más a los hombres que a las mujeres. Pancho Marty, célebre propietario del Teatro Tacón de La Habana, dijo a Matilde Diez, el día que la despidió a bordo del vapor: llevas dos cosas que no tenías, voz y dinero. La Zamacois trajo de la Habana dos cosas que tampoco tenía: dinero y mucha carne ¡en cambio dejó allí mucha gracia! Era delgada y ahora es gruesa, era pelinegra y ahora es rubia: la naturaleza tiene sus extravagancias. De todos modos, siempre es hermosa. Un fotógrafo de Madrid tuvo la malhadada ocurrencia  de poner el retrato de esta artista en Galatea a la puerta de su casa: todos los que entraban en el portal sentían horribles vahídos. El fotógrafo se cansó de dar vasos de agua y retiró el retrato del portal; le puso en su gabinete, como punto de vista, que le produjo maravillosos resultados. Los que se iban a fotografiar, al fijar la vista en el retrato, se quedaban vizcos (sic), por eso hay tantos retratos con los ojos torcidos.

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