Ediciones de la Flecha

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2/10/13

Una vuelta al Odin sin su Kaosmos

Cartel del taller impartido en Santa Clara

La primera vez que vi el Odin Teatret fue en Chile en 1993 y Eugenio Barba me sentó, imagino por azar, al lado de Isidora Aguirre, la autora de La pérgola de las flores. Era Kaosmos. Creo lo hace muy a menudo como Arianne Mnoushkine recibía en la puerta a sus espectadores. Estoy esperando terminar mis libros "laboriosos" para escribir, como casi todo el mundo, mis “memorias” y por eso no he vuelto sobre casi nada después de 1989.  Sin embargo, algo de lo que leo para Escritos de teatro: crónica, crítica y gacetilla se relaciona con la nota de Norge Espinosa sobre la última estancia de Barba y Julia Varley en La Habana, donde impartieron un taller en el Estudio Teatral de Santa Clara y  recibieron el Premio Raquel Revuelta: lo fuerte e insistente que es, ha sido y será la crítica de tendencia biliosa o vitriólica. En su recuento, como en un cajón de sastre, se mezclan todas las estancias, todos los momentos, desde el primero, casi clandestino, según cuenta Roxana Pineda, en un salón del ICAIC, organizado por Helmo Hernández Trejo, donde sé que estuve pero no lo recuerdo, hasta los últimos a partir del 2000 donde ya no estoy en Cuba.
Sin embargo, conservo con mucha  nitidez el recuerdo del encuentro de 1994 y hablar de ello me parece banal y de crónica social. Sólo dos aclaraciones. En los papeles, la atribución de la temporada pertenece a Lécsy Tejeda  y a Eberto García Abreu, entonces dirigentes del Consejo de las Artes Escénicas,  pero el grueso del trabajo real fue del equipo de la Casa de las Américas, desde Cristina Arestuche en la producción a José Luis en las grabaciones y la luz, que transformaron un salón de actos en un espacio teatral «mágico», como en los buenos tiempos de los Festivales de Teatro Latinoamericano. Sólo Kaosmos se hizo fuera de Tercera y G.
El Departamento Teatral de Galich, todavía con sus  máscaras y su poltrona,  se volvió camerino y allí Carreri planchaba sus vestidos y Julia lustraba sus zancos. Y Eugenio se ocupó de custodiar la puerta de cristales para que no viniera abajo, porque fue el público – los más jóvenes de entonces que traían sus libros de poemas – los que hicieron de esa jornada, eso que fue y nadie ha logrado describir y quedó  plasmado en la pequeña partitura que los músicos-actores del Odin hicieron de los versos de Martí.
Detrás quedaron  muy atrás los artículos confundidos que alguna vez se publicaron. Conjunto como Tablas desde mucho antes se rindieron a Barba y  Varley y visitaron Cuba muchos colaboradores del ISTA, desde Schechner a Marco de Marini y Clelia Falleti sin contar con la labor y los escritos de Raquel Carrió, quien por mucho tiempo fue el vínculo espiritual con el Odin.
Pero es más fácil  recordar el lunar, el gazapo, al estilo del aguafiestas, como hizo el  implacable  Emilio Bobadilla. Recordar un momento desafortunado del excelente seminario de José Sanchís Sinisterra, quien, como Eugenio,  pertenece a la experimentación y el teatro “fronterizo” que acogió a tantos en Barcelona. Como muchos otros, Norge Espinosa asistirá y visitará  el  Odin Teatret en Holstebro en cuyas paredes estará el premio con el nombre de la gran actriz que nunca lo secundó y  el Gallo de La Habana, labrado por la mano de Dreke,  y los artículos elogiosos y los contestones, los buenos y los malos junto con los  tantos recuerdos que ellos deben conservar para sí de todos nosotros.
Todo lo que atesoro del  Odin no es material. Mi canoa de papel  con la dedicatoria  desapareció de Infanta y Manglar y no tengo ni la cinta con la entrevista de Eugenio  (“El Odin en su Kaosmos” era en gran parte una transcripción de las palabras de Barba en esas sesiones y no una reseña) ni el ejemplar de La Gaceta de Cuba. Volví a grabar sobre ella a tono con la carestía de cinta virgen como perdí la voz de Lezama Lima de “Lanzar la flecha bien lejos” . Recuerdo a la poeta Reina María Rodríguez y un grupo numeroso de la Azotea, el tumulto de gente que quería entrar y aunque no he vuelto a ver al Odin y nunca conocí la sede de Holstebro, me gustaría pensar que Barba no  levantó a Rine Leal de ningún asiento para darlo a Víctor Varela, o decirle que si lo hizo fue un error, aunque casi estoy segura que Rine se apartó caballeroso como era y le cedió su lugar si es que entonces no estaba ya en Venezuela. 
Cuando las memorias se  reúnan en el tiempo, nadie se acordará de la minucia, el gazapo ni  del detalle frívolo y quedará lo esencial limpio de polvo y paja.         

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