Ediciones de la Flecha

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10/28/14

Un marino en el taller La Mariposa

Enrique Pineda Barnet y Leonor Borrero. Fotos del archivo de Pineda Barnet.
Enrique Pineda Barnet tiene varias incursiones teatrales como dramaturgo, entre ellas Cambula y El juego de la quimbumbia, (mención del concurso Casa de las Américas), cuentos, (con  veinte años ganó el Hernández Catá del año 1953) y muchos libros publicados o inéditos por suerte relacionados en una entrada de su blog.También, muchísima memoria. Recuerdos  de obras que vio en su adolescencia,  personajes que lo asaltaron en el camino –como Amalia Sorg– o  la puesta de Baralt de Juana en la hoguera, de Honegger, que mantuvo por horas a Adela Escartín atada a un poste.  A veces la recreación es parte de su obra, como La bella del Alhambra, su conocida película, es ficción y al mismo tiempo la mejor restauración de escenas de la tradición escénica hasta la fecha:  el célebre dúo del galleguíbiri y el mancuntíbiri (hay otras irrecuperables en montajes de Flora Lauten o Nelda Castillo) o la relación cómplice y entusiasta del público cuando convirtió el Milanés en el desaparecido Alhambra, rendido ante la belleza y los guiños de su vedette.
Mucho menos conocida es su faceta de actor y su participación en uno de los estrenos más importantes de los cincuenta. Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, estrenada alrededor del mes de enero del año 1954, el mismo de Las criadas, de Genet, en el minúsculo escenario del Palacio de los Yesistas en Xifré y Maloja, bajo la dirección de Andrés Castro, cuyo grupo ya se llamaba Las Máscaras. Estreno solitario como todos los de entonces, la obra se ponía una noche, cuando más dos o tres, pero por suerte, entre  los que participaron (Leonor Borrero, Elena Huerta, Carmen Varela, René Sánchez, Antonia Rey, Silvio Falcón ) ha quedado el testimonio de Enrique –intérprete de Marino– en la revista La Ma Teodora y el de Raúl Martínez – autor de la escenografía– en su libro Yo Publio, un telón  pintado a saber con el Malecón y el mar, cuya presencia es definitiva en la obra. Si esas fuentes me han servido para documentar en lo posible  la puesta en escena, ahora consulto,  mucho después de terminado El teatro perdido de los cincuenta en su versión octava,  las entrevistas a Enrique. Todas se interesan en cómo un joven, libretista de televisión y premiado cuentista, se atrevía con el teatro. ¿Cómo es posible, parecen preguntarse?
Mientras el texto ha sido revisado en varias oportunidades –la última, el montaje de Lauten-Carrió con el Buendía–  como se sabe, las huellas de éstos son vestigios  a punto de destruirse en álbumes de recortes y en eso cada vez más indefinible que se llama memoria y parece no interesar a las nuevas generaciones. En su evocación Enrique habla del edipo raigal y la madre posesiva (Lila) que protege a su hijo de todas las contaminaciones para impedirle crecer y las mujeres que como parcas acaban con la vida de Lila... (costurera  como Luz Marina)  para "salvar" a Marino. Lauten-Carrió subvirtió el orden aristotélico de las escenas y la convirtió en un show radial. Andrés Castro, que trabajó muy cerca de Rolando Ferrer, fue fiel al texto que reclama como tantos, que alguien lo vuelva a revisar y  a reconstruir.
Enrique, Elena Huerta y Antonia Rey. Archivo de Enrique Pineda Barnet

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