Ediciones de la Flecha

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9/1/15

Tennessee en La Habana 2

 A los lectores de Facebook

Para Yvonne y para Alberto


Cuando una entrada se lee tanto como "Tennessee  en La Habana", enlazada por Alberto Sarraín en facebook por sus alusiones a la puesta de Mundo de cristal de 1947, en proceso de montaje por el director con Teatro Akuara en Miami, cotejé de nuevo las fechas, inconforme con muchas de las establecidas, ya que por experiencia propia, la prensa puede comentar un estreno al día siguiente o hacerlo meses después de la representación. Pero Jorge Antonio González estaba allí y su Cronología..., hasta ahora, es infalible. Ya en 1947 publicaba las primeras notas de su "Diccionario del teatro" y era el joven autor de Ensayando y una Fedra, que como todo su teatro, no publicó. Por lo tanto,  por la crítica de Francisco Ichaso,  aparecida en el Diario de la Marina,  el 5 de julio fue su estreno y quizás nunca pueda saber si las fechas aportadas por Manuel Casal en la revista Prometeo fueron de alguna reposición. Como se comprenderá,  asumo los riesgos de estudiar o interpretar el teatro cubano en una época en la que los registros son un laberinto. Ese es mi constante temor con el sentido último del blog, ya que muchas de mis entradas han sido rectificadas, corregidas, o criticadas en los libros. Pero el lector de facebook por lo general, no se interesa por los libros, al menos, por los míos y el investigador debería siempre sospechar. Incluso la facilidad que supone la digitalización, lo hace cada vez más difícil. Prueben a leer esta nota en el periódico original gracias a uno de los grandes auxilios, Digital Library of the Caribbean.
Así las cosas, el teatro no es arqueología pero las notas y programas –y por supuesto la crítica– sedimentaron el Williams que "desembocó" en La Habana de los sesenta, se entrevistó con Fidel Castro y con Hemingway y por eso vale la pena detenernos en la valoración del respetado Ichaso. Omito los primeros párrafos sobre su estreno en los Estados Unidos.

 "Mundo de cristal revela la inquietud de Tennessee Wiliams, su afán por descubrir canales nuevos para el mensaje escénico. Pero una vez más se comprueba  que la novedad en el teatro no reside en lo externo del espectáculo, sino en su interioridad, en su médula. Para desarrollar su doméstico asunto, Williams apela a un procedimiento teatral que participa de la técnica del radio y del cine. Esto sorprende al público de momento; pero lo que en verdad le interesa y conmueve es la exposición sincera y jugosa de los recuerdos que han  servido al autor, según su propia confesión, como materiales para la composición de su obra. Sin duda, por tratarse de remembranzas, es decir, de cosas que percibimos con alguna incoherencia, en una especie de semioscuridad cinematográfica, el dramaturgo ha optado por esta técnica en que el interior de la casa donde la acción transcurre se ve al trasluz de las paredes  mágicamente convertidas en una pantalla de cine.
Si pudiésemos mirar por transparencia todas las casas de una ciudad ¡en cuántas encontraríamos esta misma pugnacidad sórdida, esta amargura cotidiana, esta íntima desolación!
Mundo de cristal es un corte histológico en cualquier  familia provinciana y pobre de los Estados Unidos.  Por dondequiera que atisbemos el cuadro es el mismo con my pequeñas variantes. La sólida armazón económica del sólido país no hace más que poner de relieve  la fragilidad de estos pequeños mundos  de vidrio, donde las almas pican con frenesí, como los polluelos en el cascarón. Todos quieren evadirse de esta prisión rígida y dura. Pero la presión externa es demasiado fuerte y los más se fatigan y ceden y quedan comprimidos para siempre en su bola de cristal. Nada nuevo nos dice el autor. Pero nos li dice  con su acento de poeta veraz, de hombre incapaz de usar con fraude su imaginación. Por eso aceptamos como nuevo su mensaje. Wiliams se puso a recordar lo visto y lo oído en su infancia, acaso lo sentido también, y reparó en este rincón de los Wingfield, donde una luchadora mujer hace esfuerzos tan inútiles como patéticos por «fabricar» un destino feliz a sus hijos. Esta señora Wingfield tiene la apariencia de una madre gruñona, que acosa despiadadamente a sus muchachos. Hay, sin embargo, un gran poso de ternura en su corazón . El mal humor que agrega no es culpa de ella, sino del drama que le ha tocado vivir. El marido, telefonista,  se le escapó un día, «enamorado de las largas distancias" y la dejó sola, luchando a brazo partido con la miseria, buscando el sustento para ella y para sus hijos. Esta experiencia le sirvió para llenarse de fortaleza, para hacerse un carácter, y proyectarlo con acritud hacia su prole. No iba a permitir ella que Tom Wingfield fuese un aventurero como su padre y que Laura Winfield se consumiese en su timidez de impedida, consagrada solo a su juguetería de cristal.
Poco puede, sin embargo, una pobre mujer, por muy alto que hable, contra el destino de dos vidas jóvenes. Tom acaba por volar un día de la esmerilada jaula. Lleva sangre de vagabundo en las venas. Laura no podrá evadirse del complejo de inferioridad que su invalidez le había creado.  El miozalbete irlandés  que una noche perturba  su espíritu fue como uno de esos huracanes que sacuden el paisaje solo para dejarlo más yermo, más desolado de lo que estaba. Y Amanda Wingfield seguirá tronando contra la timidez de la muchacha maldiciendo al hermano desertor y perdonando al esposo fugitivo. Sus palabras no llegarán afuera: el cristal no es un buen conductor del sonido.
La comedia, que empieza siendo un cuadro de vívido realismo, se llena de poesía en el tercer acto, cuando Laura nos descubre primero un alma sensitiva bajo su incurable  abulia  y cuando el buen obrero de almacén que es Tom Wingfield nos enseña un corazón intrépido, ganoso de horizontes,
Hay momentos en que el diálogo reitera  con exceso ciertas frases e ideas. En otros, la plática se extiende demasiado, como en la escena de Laura y Jim. Pero lo que los personajes dicen tiene siempre tal sabor de humanidad y a veces tiene tal encanto poético  que el público´`ublico  no se distrae ni experimenta fatiga. Al contrario: pocas veces hemos visto a un auditorio seguir con tanto interés y emoción una obra teatral.
Ello se debe, en gran parte, al magnífico esfuerzo realizado por los valientes muchachos del teatro ADAD para presentarnos con esmero y decoro  esta pieza. Ha sido una de las jornadas más felices. Cábele a Modesto Centeno haber logrado una interpretación muy justa, a través de una dirección certera y de una inteligente y previa selección de artistas.  Marisabel Sáenz demostró ser nuestra mejor actriz de este momento  al darnos una versión  muy precisa, matizada y vivaz del papel de la señora Wingfield. En la difícil escena del tercer acto,  cuando ataviada según la moda de su juventud, recuerda sus incidentes de muchacha casadera, Marisabel puso en juego sus mejores recursos, conciliando los factores de plasticidad y movimiento que el pasaje exigía.
Minín Bujones, cuya bella voz conocíamos a través de la radio,  fue para nosotros una revelación como actriz de comedia. Logró destacarse por su contención, por su tono menor  en un papel difícil precisamente por su tenue colorido y su ausencia de brillantez. Muy desenvuelto  Sergio Doré en el Tomo Wingfield y bastante ajustado  el Jim O Connor de Angel Espasande. Una excelente escenografía de  Luis Márquez, con los problemas de iluminación bastante bien resueltos, completó este fino espectáculo que el grupo ADAD nos ofreció el sábado en la Escuela Valdés Rodríguez. 

Diario de la Marina, martes 8 de julio de 1947.

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