Ediciones de la Flecha

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6/1/16

Teatro arena 1952


En Por amor al arte. Memorias de un teatrista cubano, Francisco Morín apenas repara en la puesta de Un nuevo adiós, de Allan Scott y George Haight, dirigida  en 1952 por un agregado  cultural  de la Embajada de los Estados Unidos, Walter M. Bastian,  en la sala del Ballet Nacional de la calle Quinta y E en el Vedado. La obra no tenía importancia, dice el director, pero sí la fórmula del “teatro arena” que les permitía romper con los grandes teatros y la función única al  experimentar con un espacio válido para las pequeñas salas. No habla del  reparto, pero sí del espacio escénico que utilizará dos años después en su puesta de Las criadas, de Genet. Sin embargo, la  novedad de un público alrededor de los actores desencadena al menos varios  artículos de Rafael Suárez Solís: “Verdad o poesía del teatro arena”, “El teatro arena sin pared de cristal”, “Otra vez el tinglado de la antigua farsa”, entre otros, que discuten y/o problematizan lo que según el director de la obra, fue  un apremio de la necesidad que condujo a Glenn Hugues, director del Departamento de Drama de la Universidad de Washington, a trabajar en esos escenarios  a finales de los cuarenta. En 1932 este director realiza el montaje de Espectros en la azotea de un hotel en Seatle y en la década siguiente, el teatro circular, modalidad que los cubanos adoptaron como “arena”, está establecido. Para Suárez Solís, la proximidad, el contacto y la irreverencia que provoca la cercanía del actor, es  la estética de los  escenarios de reducida tramoya de Shakespeare o los corrales españoles.
Para Myriam Acevedo, en sus  memorias (inéditas), no fue un montaje más. No sólo conoció al director en su estancia en los Estados Unidos, sino que la obra, presentada bajo el patrocinio del Patronato del Teatro, le permitió salir del encasillamiento.   “Yo fui una de estas víctimas: –escribe–:  dramática, seria, rara, excéntrica; la comedia estaba vedada para mí. Imposible concebir a la Acevedo en un personaje ligero, divertido, cómico.”  El Patronato no quería elegirla para el personaje pero Bastian la impuso.
Estrenada el 5 de diciembre de 1952, cuando Francisco Ichaso la reseña en “Un ensayo de teatro sin plataforma”, ha realizado once funciones debido a su éxito con el público, aunque el crítico apenas menciona a los actores del extenso reparto (Myriam la recuerda como una  obra de dos personajes, ella y Carlos Badías) pero sabemos cómo es de traicionera la memoria. Ichaso habla de  una taquígrafa “discretamente indiscreta”, un Badías muy natural y por supuesto, Adela Escartín, en un personaje secundario,  debe haber desaparecido la nota de su álbum de recortes. Myriam obtiene el premio Talía y en el acto de entrega “al subir al escenario, la falda espectacular que escondía un miriñaque monumental, una armazón enorme contrastando con mi figura que se diría anoréxica...”, la saya se enredó con un cable suelto.
Bartian murió en 1979,  a los ochenta años, después de una vida dedicada al servicio exterior. Realizó un master en Drama en la Universidad de Yale y fue profesor en Cuba, uno de sus primeros destinos diplomáticos.  La argentina revista Talía informó en 1953 que “se introduce en Cuba un nuevo estilo de teatro”.
Algún día se publicarán las memorias de Acevedo, los programas de Patronato se revisarán completos, alguien habrá guardado una fotografía...
Con otro  vestido de saya enorme, Myriam Acevedo   aparecerá en Las criadas, dirigida por Morín.

  
1. El reparto de Un nuevo adiós estaba integrado además por César Carbó, Conchita Brando, Carmen Scott y Armando Calderón.
Agradezco a Diana Caso García y Xerxes Carruana el acceso a las memorias de  Myriam Acevedo.
 Marcos Britos, investigador argentino dedicado a la reconstrucción de la labor del Fray Mocho, me facilitó la referencia de Talía.


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