Ediciones de la Flecha

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11/6/12

Permanencia del Martí

A dos años de abierto el Irijoa (1884), José Silverio Jorrín aplaude el elegante teatro cuyas "numerosas puertas y ventanas dan franca entrada al terral y a la brisa", en un artículo para promover la necesidad de la educación física. El coliseo de Dragones y Zulueta, concebido como  teatro provisional de verano, acaparó la atención de viajeros y nativos. Rodeado de jardines, Fornaris lo llamó "el teatro de las cien puertas".  Rafael Pérez Cabello (Zerep) lo describe en su libro. Desde finales del siglo XX se llama Martí.

Para las generaciones que lo han visto cerrado –desde 1977– o tapiado y cubierto de andamios para una próxima recuperación  y para los que lo disfrutamos abierto hacia la calle, con el calor y los ruidos de la ciudad a través de sus puertas, les recomiendo Teatro Martí, prodigiosa permanencia,  de Nancy González Arzola (Ediciones Unión, 2010). Arquitecta y escritora, intentó durante  años su restauración,  y más allá de los pormenores de esa batalla, que por cierto no cuenta pero con seguridad supuso derroche de su energía y talento, ha escrito un diálogo con los fantasmas que habitaron el edificio. En su búsqueda, muchos datos, entre ellos, el  origen de su fundador -Ricardo Irijoa- no  vasco sino gallego, los avatares financieros para culminar su empresa y  las características constructivas del inmueble.  Aunque repito  hay bastante menos de su labor y sus ideas cuando le encomendaron el proyecto en los ya lejanos 70  y mucho más del  significado del  teatro  en términos de presencia en la vida cultural y política de la ciudad a través de una larga enumeración de figuras, acontecimientos y hechos que tuvieron lugar en su escenario. Entre ellos, las alusiones de Julián del Casal a la tacita de plata de sus "veladas teatrales". No digo yo si María Cay cantó en su inauguración. También los pormenores de la  Asamblea Constituyente y muchas etapas, como cine, sede de bufos, ópera y  zarzuela hasta los años más recientes.
Conocí el teatro por dentro cuando entrevisté a Candita Quintana en 1970. Llegaba con una jaba en cada mano y algunos perros satos la seguían por el camino hasta su camerino. Iván Cañas la retrató. En su escenario actuó el Grupo Jorge Anckermann y el Teatro Latinoamericano. Allí vi  La persiana, de Gloria Parrado, Los negros catedráticos, de Francisco Fernández  y Mi hijo el doctor, de Florencio Sánchez.
Cuando se cerró para una reparación –que muchos pensamos sería inmediata– no podíamos imaginar que la pausa duraría más de treinta años. Me reservo para no restarle placer a la lectura, algunos hallazgos o sorpresas, uno muy especial relacionado con la estructura de hierro de su pórtico, incorporada durante la rehabilitación parcial de 1965. Cuenta con un hermoso prólogo de Reynaldo González y es una bella edición. A la historia de los muchos «afectos» que se ha ganado el  Martí, y la huella de las grandes figuras que allí actuaron y los relevantes hechos políticos que se dirimieron, habrá que añadir este libro. Mientras, esperamos por los campanazos y la definitiva reapertura del Martí.  

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