Ediciones de la Flecha

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2/9/09

El búfalo ciego de Mirta Yáñez


Si hubiese osado publicar una nota sobre Mirta Yáñez hace algunos años, a ella y a mí nos hubiese parecido una impertinencia. Desde Estatuas de sal (con Marilyn Bobes, 1996), se ocupaba no de promover su obra, sino la de muchísimas escritoras cubanas, entre ellas, esta escribana, que se reunió en sus antologías con otras treinta. Pero estamos en el tercer acto, Mirta, aunque con aspecto de jovencita traviesa, nació en 1947, la última de sus antologías es Making a Scene (para Mango Press, en Inglaterra, 2004) y llegó mi momento de reconocerla. Leí de un tirón su selección El búfalo ciego y otros cuentos (Ediciones Unión, 2008) y no todo el mundo puede recoger textos escritos desde la década del setenta, que serán leídos hoy con la lozanía y frescura, como si hubiesen sido escritos ayer, no sólo porque describa hechos irrepetibles -como la recogida de café-- sino porque su mirada única retrata desde haitianos coléricos en sus barracones a la espantosa Fifita que la llama al despertar en Florida Blanca ni descubrir secretos de fabuladores, cuentos deliciosos de su primer libro Todos los negros tomamos café (1976), en los que una niña, blanca, decente y de buena familia se interna en una "selva", en Mayarí Arriba, después que su madre le dice agotada "Haz lo que te de la gana". Su mirada fue, es y sigue siendo única por el humor y la ternura que todavía tiene "El secreto de Nicolás". Hay cuentos intermedios de La Habana es una ciudad bien grande (1980) y los comentados, antologados de El diablo son las cosas (1988), entre ellos, el que da título al libro. Qué recorrido. Las mujeres de estos cuentos --profesoras o campeonas olímpicas– cumplen cuarenta años y son mosquitas muertas y ovejas descarriadas que viven en Esmeralda, Moscú, la sagüesera o Nicaragua y enfrentan, como dice la solapa, sus ambiciones más íntimas. Algunas, como la de "El búfalo", se pasaron embistiendo la vida, sin verla. El búfalo, como un amuleto, oyó las malas palabras que la protagonista profiere contra sí misma. Sólo al releerlo extraigo ese íntimo sentido que confiere a la lectura su poder y sé que muchos de sus nuevos lectores, sentirán lo mismo. Yo también estuve en el Niágara y no vi las cataratas.
Pero no contenta con sus lauros profesionales, académicos y sus aventuras en la literatura para niños y como poetisa, sí, poetisa, el libro reúne algunos de sus Falsos documentos (2006), apócrifos, divertimentos, datos mentirosos e imaginativos en los que Dante, Poe y Quiroga coexisten con La Doctora. Una diablura más de la Mirta Yáñez de siempre que está, valga la redundancia, en su mejor momento.

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