Ediciones de la Flecha

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2/1/12

Una nota tardía sobre María Casares

No es una memoria del exilio ni la hoja de ruta de intérprete y al mismo tiempo es un libro sobre el destierro y  la actriz. María Casares «nació»,  según su confesión, en el teatro Les Mathurins,  en 1940, en el París de la ocupación alemana, cuando debuta  después de una audición y años en el Conservatorio  en los que lucha  por apoderarse de un idioma sin perder el suyo propio.  Se decepcionará  el que espere encontrar en Residente privilegiada un recuento detallado de lo que hizo en la escena  y sin embargo hay más observaciones sutiles e inteligentes sobre el arte del actor que en muchas otras memorias de actrices  porque María, a su regreso de España, a donde viaja en 1976 con El adefesio, de Rafael Alberti para una emotiva pero controvertida  recepción, se decide a escribirlas en La Vergne,  donde vive con Albert Schlesser, para “ajustar cuentas” con el exilio, con España y consigo misma. De ahí que una pueda extraer del texto tantas Marías como personajes interpreta  y hallar en medio del recorrido por paisajes y escenarios, las descripciones más sentidas que he leído del interior del ambiente del teatro, frente al espejo, en el camerino de Les Mathurins.
Con catorce años, llega con su madre y un viejo baúl en el que viajaron  mantones de Manila, libros y objetos. Gloria Pérez viste una capa de cibelina que transforma para cada ocasión, como en el teatro,  y allí, sin proponérselo, cuando recita delante de una actriz de la Comedia Francesa, Colonna Romano, se traza su destino. No por conocida la historia de María Casares deja de conmover. Circunstancias fortuitas la llevan a declamar  después frente al mismísimo André Antoine, quien le critica sus brazos alzados hacia el “cielo de Verlaine”. Es una exiliada, la hija de un republicano español, Santiago Casares Ortega, ministro de la II República de Azaña y en su cartilla, por identificación, las palabras “residente privilegiada”. En su apartamento de Vaugirard 148, cerca de las palomas, transcurren más batallas y más intrigas que en la escena mientras carga con la dulce morriña gallega y amparan – dos refugiadas- a  Nina, la amiga judía.  Casi todos han extraido del texto su relación con amantes, amigos y amores, de Albert Camus, Gordon Craig a Gerard Phillipe, o con su padre - posteriormente se ha publicado la correspondencia entre ambos que María cita de forma fragmentaria-  pero para mí  lo que lo recorre de punta a punta, es un sentido del teatro como servicio y como patria, sin hechos puntuales, alabanzas ni premios, sin referencias eruditas,  pues nada afectaba tanto  su intelecto, dice, como leer teoría teatral. Después de la pérdida de Nina,  en el escenario, con Jean Marchat, pierde la concentración y tiene que salir. El actor suple con elegancia su momento de vacío. Después del incidente, Marcel Herrand  le dice:

– Tienes que aprender a quedarte en escena.


María Casares lo aprendió y se quedó. “Es más fácil triunfar que durar”, decía Jouvet. Antes, "Marcel Herrand me había hecho descubrir - escribe- que se actúa mejor en escena cuando uno se siente querido". No hay mejor libro sobre la iniciación en el  teatro, sobre las causas que provocan en una actriz  un estado de trance, fiebre o miedo, el trac, que el de esta residente con un raro privilegio.

El lector excusará una nota sobre un libro publicado en 1981, que debo a la recomendación de Francisco Morín. Leer "En la muerte de María Casares" en El sí mágico, un excelente recuento biográfico crítico.

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