Ediciones de la Flecha

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1/3/13

Piñera y Galich

Terminó el año de Virgilio y a la Flecha le quedó en el tintero la tercera separata digital. Pensaba incluir  sus  notas al programa -rescatadas en una revista Conjunto de los ochenta– de El pescado indigesto, de Manuel Galich, representada en el Festival de Teatro Latinoamericano. Como se sabe, muchos años después, el guatemalteco autor de Nuestros primeros padres y Teatrinos,  integra el jurado que premia Dos viejos pánicos. La otra era su introducción a la obra de Ramón Meza, "Una sesión de hipnotismo" que leí  y por suerte no mecanografié, para celebrar los doscientos años de Piñera.

Piñera sobre El pescado indigesto de Manuel Galich

Como hombre de izquierda  y como hombre de teatro Manuel Galich ha sacado un buen partido de uno de los mil episodios escandalosos que tenían lugar o que pudieran haberse producido en la Roma de los Césares. Y decimos que pudieran haberse producido porque El pescado indigesto no se basa en un hecho histórico definido; en esta pieza se aprovechan situaciones y personajes de la antigua Roma para poner de manifiesto situaciones y personajes de nuestro tiempo. En efecto, Galich muestra, a través de Mamurra y Artotrogus, otras tantas caras conocidas de tiranuelos y dictadores, de funcionarios venales y prevaricadores de sobra conocidos en nuestra América. Muestra, al mismo tiempo, la inicua explotación de que es objeto el pueblo, y los peligros a que se ve sometido por el afán de pillaje y conquista de esos expoliadores del poder político.
A medida que el espectador vaya disfrutando de esta excelente pieza, no podrá dejar de pensar que la situación es la misma en muchos países americanos. He ahí la principal virtud de El pescado indigesto: denunciar un estado de cosas insostenible y probar al público que, a la larga, el pueblo dice la última palabra y arroja a los tiranos por la borda.

Como pieza de teatro en sí, El pescado indigesto es un verdadero "tour de force" . No es fácil sostener a través de tres actos un estilo calcado de las comedias de Plauto o Terencio, y al propio tiempo, dotar a ese estilo con la suficiente dosis de modernidad para que el espectador no se adormeza en su luneta. Sin tal contrapeso las piezas de teatro más o menos neoclásico resultarían insoportables y  falsas por añadidura. Galich ha sorteado con éxito estos escollos logrando darnos loque se proponía: una sátira con todos los presupuestos e intenciones que la misma implica. Al final del Acto Primero el esclavo Artotrogus le dice a Mamurra: "Es como si la plebe romana fuera un gran pescado que quisieras comerte. Y en efecto, el pueblo termina por vengarse de los desmanes de Mamurra colgándolo en la plaza pública. En ningún momento esta pieza afloja su tensión; uno percibe que acto tras acto el simbolismo del pescado indigesto va cobrando siniestra realidad hasta desembocar en una condena y el espectador respira satisfecho cuando Mamurra es finalmente juzgado. Es decir, que Galich ha logrado meternos de lleno en su asunto con sus personajes firmemente delineados y de paso ha cumplido esa premisa ineludible de todo buen teatro, hacernos pasar un buen rato.

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