Me imagino que muchos pueden identificarse con esta carta de Enrique Piñeyro escrita en París en 1886, rodeado de una muralla de libros, cuando intenta rehacer por tercera vez su biblioteca. La primera desapareció, según sus palabras, víctima del «torbellino revolucionario». La segunda, cuando la movilidad de su vida de emigrado, en la Junta de la Revolución, no le permitía conservar volúmenes, y dejaba acá o allá pedazos mientras viajaba a Chile, Perú o los Estados Unidos para buscar apoyos. Establecido en París desde 1882 – en la que sería su residencia definitiva– se propone ahora un plan diferente y lo cuenta a Enrique José Varona, que publica su carta en Revista Cubana. Rompe el silencio de seis meses. Narra ahora no busca los libros sólo por la utilidad del contenido sino por las formas, los colores, la tipografía, la encuadernación, detalles que antes pasaba por alto y en su caso llegan a la mortificación.
Asiduo a las ventas de libros del hotel Drouot, cuando se remata la biblioteca del A. de Latour, literato que residió muchos años en Sevilla, el día del entierro de Víctor Hugo, mientras todo París lo lloraba, Piñeyro encuentra un ejemplar de Baltasar, encuadernado en pasta de Rusia, con una dedicatoria de la Avellaneda y una litografía que la representa joven y hermosa. La imagen no se parece a la que vio entretelones durante su coronación, cuando Enrique era parte de la juventud que rechazó el acto, “corresponsal de un periodiquillo de teatros”. Sin embargo, escribió una de las más bellas páginas al recordarla: de sus labios corría un hilo de sangre de tanto morderlos de la impaciencia con la tortura que fue el acto.
Piñeyro nunca más volvió a la isla, a la que enviaba sus colaboraciones literarias. Algunas de Revista Cubana tienen sus iniciales E. P. Otras, su nombre completo, como “Resurrección de una polémica”, cuando a propósito del Diccionario de Calcagno, quiere sentar su posición y aclarar un juicio «estrictamente literario».
¿Aceptarían los cubanos de hoy que E. P. contase el recorrido erudito por sus libros y sus ediciones? ¿Aceptaría una revista publicar de forma regular una columna como E. P. su "Correspondencia literaria"?

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