Ediciones de la Flecha

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7/2/13

Enjuiciar el juicio

Locación del Escambray. Daniel Mena, José Ramón Marcos, Sergio González y el público del Escambray. Detrás, Gilda Hernández.
Foto de la autora.
Voy a recordar  El juicio (1973), de Gilda Hernández, a la que Matías Montes Huidobro se refiere en su artículo para CubaEncuentro,   conversación universitaria  y no un texto muy meditado, en el espíritu con el que él ha criticado con respeto  mis posturas (viejas o nuevas) a partir de mi reconocimiento a su labor como dramaturgo e investigador.  En Teatro nuevo: una respuesta  lo relato extensamente. Vi la puesta en escena en 1975, en una locación de la sierra del Escambray. Y en Cuba: viaje al teatro en la Revolución ( 2012),  tantos años después, intento su  relectura,  ya que  está publicada con las diferentes versiones de algunos debates. No se repondrá nunca más, caducó con la temática, pero perdura el  documento. No es una obra de exclusión. Escribe Montes Huidobro: 

"Con El juicio el público es llevado a la asamblea del pueblo para que enjuicie al culpable y lo condene de acuerdo con las pruebas amañadas por Corrieri en persona. Basada en el principio del “diferente” (la exclusión de la norma) la crueldad por alienación es el principio normativo de la tortura y el castigo, “con el propósito de suprimir la conciencia moral” (Battegay) contra aquellos que violan las regulaciones".
No voy a extenderme más, tampoco  utilizar  el post para citarme. Podrá discutirse  el contexto histórico vivido en una zona marcada por un enfrentamiento violento, pero para algunos de los que fuimos sus espectadores, era  reflexión colectiva,  diálogo y no castigo. A nadie le apuntaron lo que tenía que decir, ni cómo levantar la mano. No era una obra amañada, aunque en cierta  medida  todo teatro es  juego "amañado", previsto y organizado. Como Ramona, de Roberto Orihuela, después, al integrar a una mujer campesina a quien por adúltera se  negaba el ingreso en el partido comunista, aunque hoy parezca obsoleto, el teatro se sumaba a un debate  "moral" en una zona entonces apartada y sin acceso al teatro.
Entre otras referencias incorrectas,  se incluye a Reinaldo Miravalles entre los miembros de esas agrupaciones, sólo porque como Cheito León de El hombre de Maisinicú, se robó la película con su interpretación y su malicia de gran actor. Y por supuesto, para ponerle la tapa al pomo, la frase es de Matías, no sé cómo se relaciona el «carimático militante, machista y mujeriego» director (Sergio Corrieri) con un juicio estético, en el marco (frase muy apropiada y de la época) de un debate académico, sobre todo cuando el autor aboga  por revalorizar el pasado y "abandonar la  sospecha permanente".

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