Ediciones de la Flecha

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5/30/14

Precursores y prometeicos VI: Mario Parajón


Mario Parajón publicó tres libros de ensayo teatral en los cincuenta: El teatro de O'Neill, Orígenes, 1952, Técnica teatral de Ibsen, 1953 y Magia y realidad del teatro, Orígenes, 1954. Una rareza ya que si fue titánico hacer teatro, pareciera imposible dedicarse a pensar en él. Conozco el último, escasas cuarenta y una páginas, que se leen de un tirón por la elegancia de su prosa, donde el escritor se pregunta sobre la naturaleza del teatro  como “alucinación, videncia, registro de lo extraordinario, lance extraño y único, hazaña.”
En las primeras veinte esboza el instinto teatral en muchas manifestaciones, quizás la más aventurada, la que explica el enamoramiento de la monja portuguesa Mariana Alcoforado por Chevalier de Chamilly porque lo transfiguró en otro, los  consejos teatrales de Chevalier de la Merlé para dirigir la comedia de los salones del XVIII o el suicidio ante el espejo de Mariano José de Larra.  Sin dudas, lo más original, ya que después avanza por los derroteros establecidos sobre la acción dramática y otras categorías a la escena – de Evreinoff a Howard Lawson –es establecer el teatro como lugar de la metamorfosis y la transfiguración ya que "interpretar el papel es vestir el hábito" como en el Siglo de Oro fue "encarnación del silencio místico del hombre que dialoga con Dios". Su libro engarza con los textos teatrales publicados por Orígenes, en los que valdría la pena detenerse alguna vez, con escasa o nula influencia en el teatro escenificado. Sin embargo, no son esos libros por descubrir los que más iluminaron los años del teatro perdido.

Décadas después, desde el Chinchón de Madrid, apartado 17 del 28370, Parajón rememora sus recuerdos de la escena para su columna del Diario de las Américas. Debutó como actor en el Teatro Universitario según su propia confesión, en el Hamlet de Luis A. Baralt, como un Marinero que imaginó con pipa y gorra pero Isabel Fernández de Amado-Blanco vistió con una malla negra. Se vincula a Morín (dirige La esquina peligrosa,de Priestley y Ensayando, de Jorge Antonio González) y muchas otras para el Patronato del Teatro –entre éstas El señor Lambertier– hace traducciones y escribe notas al programa. Co-dirige la revista Prometeo en su segunda y corta época. Las crónicas que consulté (alrededor de treinta), recortes en la papelería de Morín, no tienen fecha, las que la conservan, datan de los noventa. No todas están dedicadas al teatro. Bajo el título "La Habana eterna de ayer" evoca actores y directores,  Luis A. Baralt, Ana Saínz, Marisabel Sáenz, Reynaldo Zúñiga, Roberto Peláez, Rosa Felipe y tantos otros... ya que " a medida que más y mejor le doy repaso a mi vida, más feliz me siento de haber conocido a los que conocí. [...] Dios nos pone en el camino a éste, al otro, a ése que nos cae muy bien y ese otro que nos irrita. Sólo vivimos una vez y sólo una vez hacemos nuestra vida. Es importante que conozcamos a fondo a esos con los cuales nos ha tocado ir en la misma embarcación, realizar nuestras empresas, detenernos a descansar, llorar nuestras lágrimas y reír las carcajadas." En ocasiones son lugares: un café cerca de la Valdés Rodríguez, en Línea y 6 o el Principal de la Comedia,  otras, incidencias del interior del teatro, se vino abajo un decorado “como un gigante venido a menos”, Ana Saínz reclamó una capa para cubrirse en Salomé pero la capa nunca llegó,  recuerdos amables, nunca farandulería.  Cuando las leí, me sentí parte de su embarcación. Animo al Diario de las Américas a recuperar estas  crónicas maravillosas. 

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