Desde hoy hasta el 13 de agosto –diez años del blog– comentaré algunos de los temas en camino o que están en el tintero no con ánimo celebratorio, ya que a diferencia de lo que muchos piensan, la internet es más hostil, los blogs se leen menos y la mayoría prefiere dos líneas de tuits o una llamada personal en facebook. Pero agradezco mucho a mis 18 seguidores (2 en la Flecha II) y sus 155 730 páginas vistas y a los que se han interesado por la autora y por sus libros. Cuando cierre el 13 su primera etapa, me ocuparé de revisar las erratas y los errores así como me entretendré en borrar las entradas que han caducado. Pero tal vez alguno de estos proyectos interese a alguien para colaborar y/o retomar. Está en camino el teatro reunido de Manuel Reguera Saumell, y digo así y no completo porque el propio autor cree que es mejor no incluir Copérnico o la coyunda, que le resulta una pieza demasiado ambiciosa, ya que al mismo tiempo es una historia de la república, con cantos y melodías que sólo entenderían los cubanos «antiguos». Y aunque la decisión no está tomada, es mejor no excluir Copérnico... al menos por ahora cuando se trata de agrupar y no de seleccionar una zona importante del teatro de los sesenta que como la de algunos otros no se incrementa a partir del exilio. En Barcelona, sobre todo, Reguera Saumell escribe narrativa.
Publicar teatro no es coser y cantar, sobre todo, cuando el autor ni siquiera tiene todos sus manuscritos digitalizados y en muchos casos, he (mos) trabajado con ediciones previas, que habría que cotejar preferiblemente leyendo a dúo parlamento a parlamento. Así están terminadas y con una primera revisión Sara en el traspatio, El general Antonio estuvo aquí, La calma chicha, Recuerdos de Tulipa y La soga al cuello, ya que Propiedad particular y La hora de los mameyes (escrita para la televisión) se consideran perdidas. Maquetar un volumen de muchísimas páginas es otro de los escollos.
Agradezco a Carlos Espinosa Domínguez su colaboración en la transcripción de uno de los textos y a Daniel Fernández la fotografía. Y a Reguera siempre su confianza y su amistad.
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