Para los que buscan a Matilde Muñoz. Escribió una de las críticas favorables al montaje de Electra Garrigó, ponderó la pieza, la dirección y actuación. No está sola. Hubo otros. Este texto está incluido en Piñera y Felipe: escándalo y mito. Ediciones de la Flecha, 2019.
Estrenó la revista teatral el drama Electra Garrigó.
Selma Barberi. (Seudónimo de Matilde
Muñoz) [1
Prometeo, linda revista teatral, ha celebrado su primer aniversario de la mejor manera que pudiera celebrarlo, con el estreno de una obra de autor cubano, en un escenario habanero. Y esta obra ha sido elegida entre una producción joven que aspira –y con grandes muestras de poder conseguirlo– a proyectar el teatro cubano a alturas de consideración y de respetabilidad.
El asunto de Electra Garrigó había despertado cierta expectación por lo arduo del tema, por la personalidad del autor, muy estimado anteriormente en la poesía y en el libro y por ser Virgilio Piñera uno de los escritores premiados en el último concurso de la ADAD. Así pues la sala del Valdés Rodríguez se hallaba llena de público, entre el cual se veían las primeras figuras de la crítica teatral habanera. Este público se hallaba preparado a las dificultades de la empresa acometida por Piñera porque ya la índole del espectáculo que se nos ofrecía, había sido anunciado por una página de María Zambrano, en la que con luminosa y profunda perspicacia se desentrañaba en cuanto eso es posible, el propósito del autor. El propio Virgilio Piñera nos había hablado de ese mismo propósito desde el programa, pero en términos que, con excesiva modestia, dejaban sólo ver la parte menos interesante de su obra ya que en Electra Garrigó, la acción que se ve, es precisamente lo menos importante y los resortes que la mueven, lo verdaderamente esencial de ella.
Virgilio Piñera ha procedido con la tragedia griega en Electra Garrigó, como los monjes de la Edad Media procedían con los palimpsestos: tornaban las leyendas amorosas o heroicas y miniaban en su lugar agiologías. El Renacimiento después los borró y restauró las leyendas amorosas y heroicas. En el palimpsesto de Virgilio Piñera quedan más restos de lo que él cree de la escritura primitiva. Desde Homero hasta Eurípides, Electra, esta criatura de frenesí inmóvil, asumió la encarnación de la no-conciencia, del “hecho” escueto, sin secuencias, sin premio y sin castigo, tesis principal del autor cubano. Ella sabe desde el principio que las Erinias, si por acaso existen, sólo castigarán a Orestes. Electra, ella misma, es intangible, porque es sólo una fuerza fluídica, el “fluido” Electra, exaltado en el drama de Piñera. Los antiguos habían ya adivinado esa fuerza fluídica de Electra y pusieron frente a ella una resistencia inevitable, si el fluido había de operar sus relaciones: Clitemnestra. Y estos dos elementos antagónicos, usando la palabra antagónico en su amplio sentido cósmico, son tan exclusivos, que tanto en el transcurso de los dramas griegos como en la obra de Piñera nos damos cuenta de que, poco a poco, todas las demás entidades que les rodean, se van desmenuzando, volatilizando, desapareciendo para dejarlos solos frente a frente. Uno ha de aniquilar al otro. Y naturalmente vence aquel de los dos que está dotado de una insensibilidad más perfecta. La insensibilidad imposible, que es la esencia de lo divino. Que es al mismo tiempo, la afirmación y la negación de lo divino.
Según la filosofía expuesta por Virgilio Piñera en su Electra, todos vivimos en el ámbito de una moral forzada, balanceada entre los términos convencionales del “premio” o el “castigo” de determinados hechos, carentes en sí de todo peso específico y determinante en las decisiones del destino. Cada uno, en su subconsciente, acaricia con secreto terror, o con secreta esperanza estos términos y los cubiletes sobre el azar ciego de “los hechos”.
Evadirse de esta moral caduca parece ser la aspiración de Virgilio Piñera, o mejor, la de los no-seres de su Electra: llegar así a una afirmación, a fuerza de negaciones: la afirmación pura del instinto, desnudo de todos sus ropajes, el instinto que preside en la realidad la Vida, lo mismo en los palacios racinenianos [sic] de Electra, hija del Átrida Agamenón, que en el del patio cubano de Electra, hija de Agamenón Garrigó.
El fluido Electra, Electra la no-consciencia, el impasible demente cósmico, proclama la in-divinidad que dentro de la nueva consciencia sustituye a la divinidad. ¿Será ésta la futura base moral del mundo? Si es así ¿se conformará el hombre del futuro con manejar simples “hechos” fluídicos, flotantes, peregrinos, como nubes, portadores de la sombra y caminando, inexorablemente hacia la luz? A su vez ¿estos “hechos” impasibles, llegarán a no afectar el corazón del hombre impregnado únicamente de un impulso hacia la libertad absoluta? ¿Esta “libertad absoluta” ¿no es identificable con la “muerte absoluta”? La Vida, sujeta a formas y a leyes, no puede representar el concepto de libertad. De este modo, como los hechos sólo se producen en La Vida, llegarían a convertirse en “no-hechos”, en cantidades negativas, captables solamente en una álgebra trascendental. Pero al fin y al cabo, “captables”, es decir, privados de la libertad absoluta, que es desmedida, como la muerte, si pudiera concebirse el término de “muerte absoluta” que todos sabemos no existe. Una criatura absolutamente libre se hace inhumano. No produce el delito, pero es ella misma su propio delito, perdiendo así, automáticamente el poder discriminador de la conciencia.
Este es el caso de todas las Electras y, especialmente, el de Electra Garrigó, la heroína de Virgilio Piñera.
Ya se comprende lo difícil que ha de resultar vestir de ropaje escénico a un personaje extraído de tan alambicadas esencias filosóficas. Y, sin embargo –y este es el principal y más raro mérito de su obra– Virgilio Piñera lo ha conseguido y lo ha hecho comprensible. Lo ha adentrado en un conflicto, lo ha rodeado de otros personajes y a estos personajes y a ella misma los ha hecho hablar en un lenguaje a veces hermosamente duro y frío, como el mármol –así, en el monólogo de la propia Electra en el acto segundo, acabada pieza teatral y literaria – a veces en una forma sarcástica y cáustica como en los diálogos finales del Pedagogo y en fin, de manera puramente dramática, como en los parlamentos de Clitemnestra, reveladores de las relaciones de su consciencia y del brote subconsciente de sus deseos.
Electra Garrigó es por tanto, teatro, específicamente teatro, y es también espectáculo, como en los dos momentos, tan acertados, de la expresión mímica de los conflictos interiores de Clitemnestra y Agamenón.
Podría preguntarse todavía por qué Virgilio Piñera encierra sus abstracciones en un patio habanero –las rodea de mimos, de frases bufonescas, de símbolos escatológicos– como la fruta bomba o la palangana. Pero Aristófanes, al que se parece, traía las nubes para arrastrarlas entre la polvareda de un teatro, igual que nosotros encerramos el infinito en un Catecismo y la Eternidad en un reloj. Es una obra humana hacer los dioses a nuestra imagen y semejanza para luego poder decir que estamos hechos a imagen y semejanza de los dioses.
La obra de Virgilio Piñera, o a lo menos, lo visible de ella, fue seguida con interesada atención y aplaudida con sincero entusiasmo, al final de todos los actos, especialmente al terminar el drama.
La interpretación
Violeta Casal estaba indicada como intérprete ideal de esta Electra sarcástica, implacable, arrebatada y a veces –como en el final– altamente poética. Una de las actuaciones más acertadas de la joven e inteligente actriz, la hemos visto esta noche. Actuación sobria y penetrante, anunciadora de una carrera que ha de proyectarse hacia horizontes más universales que los que hasta ahora presenta el teatro cubano.
Su antagonista Clitemnestra encontró encarnación adecuada en Marisabel Sáenz, a la que dio raigambre perfectamente humana, llegando a la expresión patética del final donde merece que todo el esplendor erótico de esta hembra atormentada por la voz exigente de sus entrañas –exigente en la maternidad y en el amor– se deshace en lamentables cenizas. La expresión, la voz y la plástica de ese momento fueron en Marisabel Sáenz perfectamente artísticas, como una resolución armonizante de toda su actuación anterior.
Mencionemos con especial encomio a Alberto Machado, en el cínico Pedagogo, a Gaspar de Santelices, en el indeciso Orestes, a Carlos Castro que actuó con una sobriedad y discreción ejemplares en los más difíciles y desbordables momentos de su Agamenón, a Modesto Soret en su Egisto “chuchero”.
La cantante popular Radeúnda Lima, comentarista obligada de los sucesos, incorporada a los sentimientos y al lenguaje del pueblo, nombrada “Coro” en la tragedia y en este caso, su “posteridad,” tuvo una actuación acertada, pues, hasta el detalle de no saberse los versos que había de cantar, le daba naturalidad y prestigio de rapsoda.
La dirección
Empeño no fácil dirigir Electra Garrigó con todos los elementos aportados por el autor para la expresión de sus escenas. Acertó plenamente esta dirección, encomendada a Francisco Morín, en la plástica del acto primero y extremadamente en la disposición de la primera de las dos escenas mímicas a que hemos aludido y en la que fue perfectamente secundado por los jóvenes actores que en ellas tomaron parte y que sincronizaron con gestos a veces magníficos –como en el caso de Clara Luz Noriega, la doble de Clitemnestra– las palabras de los protagonistas.
[1] El Siglo, noviembre 3 de 1948. p. 6. He omitido el reparto de la pieza con el que comienza su sección.

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