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| Fotografía de Daniel Fernández |
Hace cuatro años Manuel Reguera Saumell y yo trabajamos, con auxilio del teléfono y el email, en un libro que terminado se llama Teatro incompleto con cinco obras suyas. Su portada es un boceto escenográfico de Sara en el traspatio, realizado por Andrés para la puesta de Rubén Vigón, según el autor, uno de los que junto a Rine Leal, lo entusiasmaron por el teatro. Hace unos días, a los noventa y cuatro años, murió en Barcelona. Para el libro, Reguera se encaramó en su ático o alguien lo hizo por él y rescató materiales mecanografiados y otros publicados en revistas y libros de los sesenta. Fue un placer y una alegría saber que me consideró una amiga. Tengo conmigo cartas preciosas, una sobre La coyunda, donde explica por qué me proponía excluirla del libro, otra sobre Propiedad particular, que sí quiso recuperar e hizo sus gestiones, y la última, muy amable con un libro de su prologuista.
Conocí a Reguera a través de un cuadro de flores, colgado en el apartamento de Rine Leal en la calle C, frente al parque del Amadeo Roldán. Aunque no fue tan efusivo en su análisis sobre sus obras, Rine sintió por él algo especial. Yo también. En La Habana de finales de los 80, fui testigo de la reunión amistosa entre Roberto Fernández Retamar y Reguera en el vestíbulo de la Casa de las Américas. En su única visita a Cuba después de exiliado, asombrado de que conociéramos su teatro (el publicado hasta esa fecha), los dejé en el lobby como viejos amigos y no supe más hasta alrededor de la fecha de publicación del libro, quizás un año antes, cuando empezamos a valorar esa posibilidad. Autocrítico y consciente de cómo las obras responden a su momento y a su tiempo, interesado más por su obra narrativa, atento al acontecer del mundo, curioso, culto y delicado, Reguera Saumell no será olvidado. Siempre alguien querrá hacer Tulipa o Sara, aunque el autor bromeara y se considerara un "cubano antiguo". Arquitecto y pintor, no olvidar tampoco sus novelas y su ignorada obra plástica. Reguera Saumell está entre los primeros de los sesenta por algo más profundo e inasible, sus obras se viven y sufren y vivirán más allá del costumbrismo y de su «antigüedad».
Pequeña nota biográfica. Manuel Reguera Saumell nació en Camagüey en 1928. Estudió bachillerato en los Escolapios de esa ciudad y cursó Arquitectura en la Universidad de La Habana. Pintor y arquitecto, trabajó varios años en el Instituto de Planificación Física. Su primera pieza, Sara en el traspatio, recibió el Premio de la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación en 1959. Su estreno en 1960, representó para él, ha dicho, “entrar por la puerta grande. Además, fue también una buena oportunidad, dada su representación profesional, de apreciar mejor los aspectos positivos y limar ciertas asperezas de la estructura dramática”. A esta le siguen El general Antonio estuvo aquí (1961), Propiedad particular, premio “José Antonio Ramos” (1962), Recuerdos de Tulipa (1962), llevada al cine por Manuel Octavio Gómez con guión del autor y el director, La calma chicha (1963) y La soga al cuello (1967). Fue asesor literario del Conjunto Dramático Nacional y Taller Dramático, escribió los diálogos de las películas La salación de Manuel Octavio Gómez y El asalto al tren blindado y una pieza para televisión, La hora de los mameyes (1963). Desde 1970 se establece en Barcelona. Profesor de teatro en la Escola Adria Gual y de Historia del Arte en el Instituto Pre-universitario de Pedagogía especializada. A su retiro, continúa su obra pictórica y a partir del 2004 publica su narrativa, las novelas Un poco más de azul (Barataria, 2004), La noche era joven y nosotros tan hermosos (Barataria, 2007), El adolescente pálido (Parnass, 2010) y Retrato de Oswölt Krel (Estugraf Impresores, 2015).

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