Ediciones de la Flecha

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4/3/09

Cuba, el arte de la espera

El documentalista llega después de veintisiete años de exilio a su pueblo en el antiguo Central Preston -Guatemala- en los suburbios de Mayarí. El hijo regresa a ver a los suyos pero al mismo tiempo viaja con una cámara y un pequeño equipo de filmación. Y esto crea la tensión de la película de 80 minutos que Eduardo Lamora ha hecho sobre su madre, los suyos, su comunidad y su pueblo, su familia y sus pobladores. ¿Cómo es que se puede regresar, cámara en mano, a "registrar" hechos, palabras, confesiones? ¿Cómo ha logrado un documental íntimo y distanciado, feroz y equilibrado? No lo sé. Lo único que sé es que no es el documental típico del reencuentro ni del regreso. Los que se vuelven a ver hablan con total franqueza a una cámara ¿oculta?, le hablan al hijo y al hermano y al vecino de sus penurias, lo que les falta, lo que desean, mientras transcurre la vida en su propio ritmo, una vida que parece estacionada y en su pobreza tiene gran dignidad. Mientras su familia habla con elocuencia, se ha paralizado el lenguaje del hijo -- sus recorridos por el mundo le han incorporado una sonoridad extraña a su acento oriental- como parece detenido en los sesenta el padre, que conserva casi intacto El capital, que aún no ha terminado de leer.
No sé cómo Lamora ha podido condensar tantos hechos de la vida cubana – de la sobrevivencia a la emigración y el futuro después de Castro– con una contención rayana en lo espartano para narrar desde las carencias mínimas hasta las mayores: el aceite o la libertad. Se crea una proximidad con sus personajes que parece que los conoces y te han abierto un poco su ventana, un poco digo, que lo que más me gusta de la película es su mesura, su aplomo, su equilibrio para retratar la destrucción de un pueblo cuya fuente de ingreso -el central- se ha convertido en chatarra y los rieles del ferrocarril parecen conducir a la nada.
Son de todos modos bellísimas las ruinas del Preston, qué triste decir esto, hermosos sus manglares, prohibidos antes para el niño. Y sus parques. ¿Y el antiguo cine? No existe. Y las preguntas son tan respetuosas como las respuestas, pero todos tratan (supongo) al entrevistador sin distancia, como alguien de allí. Debe haber sido un proceso doloroso de " registrar". La madre se mece en el sillón, le falta el aire, y suenan las mandarrias que destruyen el ingenio. La madre y la voz de un discurso de Fidel con estadísticas vacías. La madre en su integridad y su discreción, energía por dentro y por fuera, que casi no demuestra afecto, centro de la vida familiar. Nada ha preguntado al hijo, por respeto, o porque hay algo más y ese algo más indescriptible es el que se siente cuando la cámara -casi con una perspectiva antropológica– documenta la piel, las arrugas y las acciones con las que se preparan los alimentos. Y desde luego la "espera" que da título al filme, el gran subtexto. No sabemos nada del hijo que regresa, no sabemos nada de la madre, bellísima en una fotografía arrugada. No sabemos bien qué esperan, sólo sabemos que el verdadero exilio de muchos de nosotros está en la vuelta.


CUBA, EL ARTE DE LA ESPERA
Un documental de Eduardo Lamora
(Francia 2008, 80 minutos, 16/9)





PRODUCCION : INJAM PRODUCTION
FOTO : CAROLE FERRAND
MUSICA : CHRISTIAN SUBTIL
MONTAJE : FRÉDÉRIC BONNET

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