Ediciones de la Flecha

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6/29/09

Lorna de Sosa: una norteamericana en La Habana II


El año pasado escribí sobre Lorna de Sosa , la directora teatral norteamericana que integra la primera Academia de Artes Dramáticas adjunta a la Escuela Libre, inaugurada el 25 de junio de 1940 en La Habana, conocida como ADADEL. Quería saber más de este grupo fundador porque se dice que allí empezó todo. Según lo publicado en algunos periódicos de Estados Unidos y una sentida nota cubana, con motivo de su muerte, Lorna, que nació en Cincinnati en 1913, a pesar de sus viajes y su prolongada estancia en Cuba, no perdió nunca sus raíces. Nieta de Sam Newman, fundador de una metalúrgica, estudió drama, música y literatura en la Universidad de Cincinnati, estuvo vinculada al conservatorio de música de la Universidad y fundó el Cincinnati Theater Guild.

En 1940, ya casada con el cubano Dr. Salvador Bonilla Sosa, se muda a La Habana, donde encuentra a un grupo de talentosos intelectuales europeos y cubanos dirigidos por el gallego José Rubia Barcia, entre los que destacan Schajowicz, Amado Blanco, Carpentier y Baralt. Allí entrega su talento como profesora y se dedica a traducir y dirigir obras. De acuerdo con uno de sus hijos - Víctor Bonilla- se vincula con los artistas plásticos y obtiene los derechos para producir obras de los autores cubanos.

Francisco Morín en Por amor al arte la describe como un “grato” descubrimiento: “una norteamericana alta y fuerte que hablaba un gracioso español con mucho acento y que no perdió tiempo en ponernos a todos en acción”. Lo primero que dirige es Becky Sharp, en un acto, tomada de un capítulo de la novela Feria de vanidades, de William M. Tackeray, que Rouben Mamoulian lleva al cine en 1935, con Teté Casuso y Manolo Pérez. Después de meses de ensayos en su casa de Miramar, estrena Sumergidos, de H. Stuart Cottman y Le Vergne Shaw (1941), Fiebre de primavera, de Noel Coward (1942), El amor de un extraño, de Frank Vosper, (1943), Deseo bajo los olmos, de Eugene O'Neill, Teatro, de Somerset Maugham (1945) y La familia Barrett, de Rudolph Mesier (1949), entre otras. En 1955 regresa a Estados Unidos.

Vinculada también al teatro mexicano, una enfermedad la aleja de las tablas de ese país. Autora de dos libros de poesía, escribía una novela Infinite Corner en el momento en que le llega la muerte en Oakland a los 95 años el pasado 17 de abril. En Cuba colabora estrechamente con el maestro Félix Guerrero, director de la Ópera Nacional de Cuba, según una nota de Pablo Fariñas en el periódico El Habanero titulada "Un adiós para una querida amiga cubana".

“Lorna valoró siempre, hasta los últimos días de su vida, las características que distinguen a los cubanos, quienes según sus propias palabras, consideraba como valientes, portadores de un gran sentido del humor y de alegría de vivir. Según expresó a Fariñas, lo que le tomaba en Estados Unidos dos semanas de duros ensayos, los actores cubanos podrían alcanzarlo en sólo dos horas.”

La novela que escribía recreaba su estancia cubana en los años cuarenta, esos años en los que en materia de teatro, empezaba todo.

1 comment :

  1. Rosa, un sin fin de gracias por el artículo, otra sorpresa que me llevo en la memoria, desconocida totalmente por mi generación y otros tantos, incluyendo a las vacas sagradas que mucho saben pero nada investigan. A veces estoy ausente de tu blog, pero paso mirada indiscreta, créeme. Por si es de interés, hay un grupo en facebook titulado: Teatro Cubano/cuban theater, no porque haya sido yo su creador, pero lo bueno es que se ha reunido bastante gente del movimiento teatral cubano para intercambiar, lo mejor han sido las fotografías, quizás encuentres alguna que te llame la atención. Curiosidades del tiempo. Saludos

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