Ediciones de la Flecha

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4/19/12

Bienvenida Rachel


Entre los libros sobre el ambiente del teatro que hablan más de la ciudad,  destaca el del autor, actor y novelista León Beauvallet, quien  acompañó a  Elisa Rachel  Félix,  más conocida como Mademoiselle Rachel,  en su accidentada  gira a La Habana de 1856  narrada en Rachel y el nuevo mundo. Sabemos por él de la gran decepción de los habaneros, tenerla cerca  y no poder verla actuar por prescripción médica.  Más de veinte personas integran la troupe que se hospeda en el hotel La Unión de O'Reilly 110 y el Legrand, donde para fastidio de la trágica, en lugar de colchón había hamacas. Ese será un simple escollo para los artistas que no pueden dormir con el ruido, los mosquitos, las hormigas y se asan con el calor abrasador. Así todo para Beauvallet será siempre la bella Habana, la reina de las Antillas. En el Gran Teatro Tacón se presenta La Catalina –a su juicio muy bien actuada por Rosa Espert– y hay diversiones en los cafés La Diana o la Dominica y conciertos de la banda militar en la Plaza de Armas.  



Mientras Pancho Marty, dueño del Tacón, hospeda a la enferma en su casa,  le  reclama los  más de treinta y cinco mil  francos de la suscripción vendida. El  1 de enero de 1856, Rachel declara que no actuará, disuelve la compañía y prepara la partida de todos via Nueva York hacia París. Según Beauvallet, los residentes franceses solicitan que actúe sin ella, a lo que Rachel se niega, nadie sabe por qué. La prensa publica su  biografía escrita por  M. E. Mirecourt y se hace eco del clamor y la ansiedad del público por Rachel. 
Pero nuestro autor no se cruza de brazos, frecuenta las peleas de gallos, se asombra con la fiestas del Día de Reyes e incluye en su relato  unos versos, en español en la edición  norteamericana, firmados  por "tu cocinero de apetito" donde el esclavo, que ha dado a probar los manjares más delicados, bien cocinados porque los sabe preparar,  implora el aguinaldo. Feliz con la comida criolla de vinos auténticos, pan de verdad y servilletas reales, en comparación con la de los Estados Unidos donde no había tal cosa, se prepara para  partir en el Clyde  mientras una tormenta anega las calles y  amenaza  una epidemia. Antes de irse, la compañía vendió a una botica, a precio del  papel, las traducciones al español de los trágicos franceses y la ciudad, como se sabe, se quedó sin Rachel.


En Gallica

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