Ediciones de la Flecha

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6/1/12

Tres en uno: Rubia Barcia 1937-1940

José Rubia Barcia llega a Cuba en 1939. Tiene veintiseis años y una deslumbrante formación. Aparte de  conocimientos de la cultura española, ha estudiado en la Universidad de Granada el mundo árabe y ha vivido  la Guerra Civil. Su obra teatral Tres en uno, «auto sacramental a la usanza antigua», escrita en 1937, está dedicada a César Anguera Martí, “muerto en la guerra por la paz de España”.  Un pequeño libro de 156 páginas tiene pliegos cosidos, dibujos de Mariano y Portocarrero,  hermosa tipografía, la firma de Juan Bartolomé de Roxas y fecha del  8 de marzo de 1940. Lo publica  La Verónica, la imprenta de Manuel Altolaguirre en La Habana con una nota liminar de  Raúl Roa, quien escribe: “Sensibilidad depurada, espíritu cristalino, mente electa”  y compara  el texto con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Juntos fundarán la Escuela Libre de la Habana, inspirada en el modelo pedagógico de la República, uno de cuyos capítulos más conocidos es su  Academia de Artes Dramáticas, conocida como ADADEL.  Allí llegan, en  dos oleadas, entre otros, algunos de sus primeros alumnos: Modesto Centeno, Julio Martínez Aparicio, Francisco Morín, Reinaldo Zúñiga, Martha Elba Fombellida, Marisabel Sáenz, Teté Casuso, Alejandro Lugo, Manuel Estanillo, Violeta Casal, Adolfo de Luis y Rosa Felipe. Para muchos, el movimiento del teatro moderno –o lo que Muguercia llama la primera modernidad– partió del impulso recibido del  recién llegado e inteligente profesor. Nacido en El Ferrol en 1914, en La Habana reúne  un claustro dedicado que integran, entre otros, los cubanos Carpentier y Valdés Rodríguez,  el  austriaco Schajowicz y la norteamericana Lorna de Sosa.
Dos años después  monta La fiesta de los villancicos en la Plaza de la Catedral con coros, figuras y voces. Aprovecha el escenario natural y desarrolla los movimientos y desplazamientos alrededor de un ingenuo Belén pintado por Fico Villalba. Dirige en esta etapa varios montajes con sus alumnos y para otras agrupaciones.

Nunca esperé encontrar tantos recursos imaginativos en este auto llamado con ironía “a la antigua.” Las acotaciones describen un escenario surrealista con “ángeles de alas flexibles y relucientes que teclean distraidos en las underwoods del hemiciclo celestial”. Le siguen sonatas divinas y el monótono ruido de las máquinas de escribir. A veces es aquelarre barroco, otras, teatro de tesis  y en muchas ocasiones,  revista, como el camerino del segundo cuadro, descrito como de Broadway.

El primer cuadro transcurre en la Gloria durante una reunión plenaria  en la que los santos varones Juan,  Mateo y Lucas discuten con el Señor acerca de los males que aquejan a la Tierra, entre ellos el anarquismo y el socialismo. El Señor  desahuciado e inútil, pues ha perdido influencia,  presenta su dimisión. Renuentes a aceptarla, mediante votación, deciden que Jesús baje a la tierra, pero no como el hijo de Dios, que se considera traicionado, sino como el padre. 



Y como en el desvestimiento de Galileo... se despoja de sus  barbas y postizos a la vista del público y se humaniza por primera vez.  Como el Señor supone queda allí un vestigio de fe, algo podrá hacer en su viaje terrenal para el que invita a  María Magdala  y a José. Cuando baja entre los humanos, los administradores de la fe  son  protestantes,  católicos y del  nazismo: tres personajes, Don Frambueso, Mr. Oliver y Herr Kralap, quienes observan al Señor encima de un “zigzag de tejados dominando la escena”. Para ellos los recién llegados  son tres locos, que no saben lo que hacen, pero al Señor, que le queda algo de poder, los  hace dormir y logran escapar a gatas por el tejado. Su  llegada causa  alarma general. Los periódicos hablan de Dios. Está en los titulares y en las conversaciones de café.  Escritores, poetas, periodistas y políticos  se declaran sobre  aviso. El poeta  no le  reconoce “categoría poética”, otros creen que habla boberías,  es un jaleo y un escándalo. El clero se asusta con sus declaraciones y pide su cabeza. Los políticos desconfían, lo consideran peligroso.
En el último cuadro estamos en el manicomio, “en la pasión sempiterna de las razones perdidas”. Dos loqueros se refieren a los personajes (locos reales que se creen Napoleón o Bismarck ) mientras otro (Wilson),  repite el programa del pacifista norteamericano y denuncia que han encerrado a Dios. 

El director del manicomio, sin embargo,  lo considera inofensivo, porque los peligrosos están fuera y en libertad, ejerciendo “una saludable profilaxis estatal aludiendo a terroríficos peligros  derivados del arco iris, la luna y el libre pensamiento.” Al fin el señor toma la palabra en anticlímax. Ya no es necesario, su credo se ha esfumado y “la gran tarea de la humanidad futura será el hallazgo de nuevos misterios para encontrar la verdad nueva". A él le corresponde el escotillón de la historia, mientras piensa en una época en la que el hombre no será de una tierra sino de todas las tierras. Después de perdonar a su pareja pecadora, se volverá materia, artificio, luz evanescente  y en un trueno largo y horrendo, desaparece de la escena. Hay muchísima novedad en esta pieza vanguardista, explosiva e inesperada. 
Bastante poco atendida,  fue publicada durante la por desgracia corta estancia de Rubia Barcia en La Habana. La  he leído en la biblioteca de la Universidad de California donde enseñó por muchos años y es todavía una presencia intelectual.


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