Ediciones de la Flecha

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2/25/14

Río Prado sobre el Martí

Fotografía tomada de Cubadebate
 La Flecha reproduce un artículo de Enrique Río Prado

 Renace el Martí


Por Enrique Río Prado

 Finalmente, después de varias décadas de espera y añoranzas, podremos asistir al renacer de uno de los pocos teatros habaneros avalados por su existencia útil para el arte y la historia durante más de una centuria.
El teatro Martí es el único escenario capitalino inaugurado en el siglo XIX que conserva la estructura de su sala, su edificio y su entorno según los diseños originales.
Su sala se revistió de contenido patrio al servir de sede a las sesiones de la Asamblea Constituyente de 1901, durante las cuales se firmó, para vergüenza de los buenos cubanos, la oprobiosa Enmienda Platt. Fue en ese mismo año en que el teatro recibió el nombre de José Martí.
En lo concerniente a su vida artística, es preciso aclarar, ante todo, que el Martí ha sido el más criollo de nuestros teatros, al dar acogida a las más puras tradiciones de la escena nacional. (1) Desde su apertura en 1884, con el nombre de su propietario —Irijoa—, este espacio escénico cobijó importantes temporadas de teatro vernáculo en la época de los bufos. Baste decir que en su escenario tuvieron lugar los estrenos, ambos en 1896, de La mulata María, una de las primeras obras de Federico Villoch, con música de Raimundo Valenzuela, y Mefistófeles, uno de los últimos títulos de Ignacio Sarachaga, con música de Rafael Palau.
Ya en pleno siglo XX, sirvió de espacio a la mítica temporada de zarzuela cubana, dirigida por Agustín Rodríguez y los maestros Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, en la que un elenco de lujo diera vida a las obras Cecilia Valdés (Roig), Amalia Batista, María Belén Chacón (Prats) y Rosa la China (Lecuona), por no citar más que unos pocos títulos, entre más de 300, que fueron estrenados en el transcurso de seis años, entre 1931 y 1936. En dicho período, crucial en la historia de Cuba, el Martí no fue ajeno a las luchas populares que culminaron con el derrocamiento de la dictadura machadista, en 1933. Por otra parte, durante algunos meses de clausura en 1935, en que la sala fue arbitrariamente convertida por sus propietarios en “cinematógrafo”, la protesta de los artistas desplazados culminó con una victoria, relativamente breve, y con la fundación de la Asociación Cubana de Artistas Teatrales (ACAT), agrupación que funcionó hasta inicios de los años 60. (2)
Sus camerinos fueron ocupados y las tablas de su escenario fueron trilladas por varias generaciones de grandes artistas cubanos. Consuelo Novoa —intérprete de La mulata María (1896) y la primera Dolores Santa Cruz, en Cecilia Valdés (1932)—, Benito Simancas —uno de los mejores negritos del bufo del XIX—, Alberto Garrido, padre, llamado “el negrito del Martí”; Arquímedes Pous, María Pardo, Elisa Altamirano —mexicana, la primera Cecilia Valdés—, Alberto Garrido, hijo, y Federico Piñero —una de las parejas de negrito y gallego de mayor arraigo popular en su tiempo—, Caridad Suárez, Miguel de Grandy, Rita Montaner, Hortensia Coalla, Luisa María Morales, Panchito Naya, Marta Pérez, Maruja González, Rosita Fornés, Esther Borja, María de los Ángeles Santana, Mario Martínez Casado, Carlos Pous y José Sanabria, son unos pocos nombres venerables entre tantos otros integrantes del parnaso artístico cubano que ofrendaron sus mejores actuaciones en las tablas del Martí.
Los avatares de su construcción, su vida cultural y los inicios de su problemática y finalmente exitosa restauración han sido detallados en el excelente libro de la arquitecta Nancy González Arzola, Teatro Martí, prodigiosa permanencia (Ediciones Unión, 2011).
Ahora que el pequeño coliseo vuelve a la vida, se impone recordar entre aquellos grandes artistas, los nombres de quienes asistieron en mayor o menor medida al inicio de su etapa de silencio crítico, en la década de 1970. En representación de todos ellos, Alicia Rico, Candita Quintana, Eduardo Robreño y Enrique Núñez Rodríguez, donde quiera que estén, pueden sentirse satisfechos y felices.


NOTAS:

(1) Debe significarse, no obstante, que su escenario sirvió para dar a conocer en Cuba la ópera Tosca, de Puccini, en 1902; numerosas zarzuelas españolas —La leyenda del beso y Los gavilanes, en 1924, entre otras—; así como algunas importantes piezas de teatro contemporáneo —La muerte de un viajante, de Arthur Miller, en 1953.
(2)Estos hechos se describen detalladamente en mi libro La Venus de bronce. Una historia de la zarzuela cubana. Editorial Tablas-Alarcos, 2010.

Fuente: CUBAESCENA

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