Ediciones de la Flecha

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8/15/17

Ichaso ante un busto de Pous

Enrique Arredondo fue un apasionado de Pous a pesar de que no lo conoció y en sus memorias cuenta que desde  1937 quiso  erigir un busto a la memoria del actor. Pero la idea demora en materializar  hasta el 30 de abril de 1950 cuando se coloca el busto de Carlos Era Yero en el parque próximo al teatro Terry en Cienfuegos. Francisco Ichaso lo vio actuar en su niñez, asiste al acto, pronuncia un discurso, y escribe este texto  (Diario de la Marina, 4 de mayo de 1950) que la revista Prometeo reproduce en su número de mayo-julio de ese año. En otra entrada de hace mucho tiempo comenté un artículo suyo publicado en la revista de avance sobre Kid Chocolate en el camino hacia la liberación del negrito. Y en otro, su idea  del embullo.  Pous representó con dignidad y excelencia tanto la liberación del personaje como su contagiosa alegría. El destino final del busto instalado hoy en el Terry, se comenta en detalle en el libro de Río Prado ya reseñado.

 

Ante la estatua de un mimo

Francisco Ichaso

Cienfuegos acaba de  erigir un busto a la memoria de Arquímedes Pous.  La modesta escultura ha sido colocada en el Parque Martí, frente por frente a la fachada del Teatro Terry. Emplazamiento justo, pues en ese antiguo coliseo lleno de tradiciones soñó y actuó con juvenil entusiasmo el malogrado comediante cienfueguero.
“La posteridad no teje coronas a los mimos”, se ha  dicho. En efecto, la gloria de los histriones es como una llama fugaz que vive lo que el pabilo que en ella  y por ella se consume. Por un Yorik, inmortalizado por Shakespeare, por un Garrick o un Talma o una Guerrero, cuyos nombres repiten las generaciones presentes  con un entusiasmo un poco rutinario, ¡cuántos actores y actrices ilustres sepultados en el olvido! Paul Gsell ha recordado a este respecto la anécdota de aquel Falguiere, escultor  famoso, que durante el sitio de París en  1870 entretuvo su angustia modelando en  la nieve que cercaba su trinchera una estatua de la Francia martirizada. Tan pronto brillaron los primeros
rayos del sol primaveral el níveo monumento se deshizo. Los comediantes tienen por misión fabricar estatuas de nieve,  condenadas por su propia naturaleza a una vida fugaz. Las generaciones contemporáneas exaltan al comediante mimado hasta un plano casi divino. No se conoce nombradía más clamorosa, más envanecedora. Las generaciones siguientes, atenidas a la tradición oral, prolongan la fama por inercia. Las otras generaciones tienen una ineluctable misión archivera. A partir de ellas el histrión insigne es una nombre, una ficha,  la sombra de un mito.
Para rescatar al artista teatral del olvido no hay más que un medio: llevar su gloria de un día a la perpetuidad de la piedra. Eso ha hecho Cienfuegos con Arquímedes Pous, autor, actor, director y empresario del teatro vernáculo que durante más de una década proveyó a la ciudad de esa alegría sana y ese romanticismo espiritado que resultan tan necesarios a la vida del hombre como las bienhechurías materiales.
Tuve el gusto de proclamar en mis palabras el mérito de un miembro del Consistorio cienfueguero, la señora Justina Hernández que presentó la moción del “memorial”, de Nick Machado, el querido compañero de La Correspondencia, que secundó la idea y le  brindó eficaz cooperación, y del alcalde Sueiras que comprensivo y delicado, la viabilizó económicamente.  No son muchas las autoridades municipales que se movilizan tan activamente para estos empeños de  edificación cultural.
Arquímedes Pous fue un artista popular. Esbocé en mi breve "discurso" un paralelo entre su “caso” y el de aquel Francisco Covarrubias a quien podemos considerar como el Lope de Rueda de nuestra escena vernacular. Pous, al igual que Covarrubias, nació en un hogar de clase media, se educó en un buen colegio privado y trató de estudiar una carrera. Pero la vocación histriónica no  le permitió seguir tan “razonables” senderos. Con gran disgusto de sus familiares, Pous dio un día el salto al teatro profesional y ya quedó ligado  a él para siempre.

 La imagen del comediante está unida a los recuerdos de mi niñez. Siendo un muchacho lo vi trabajar innumerables veces en Cienfuegos y en La Habana. La clave de su arte era la simpatía, una simpatía espontánea, rodante, contagiosa. Zamacois contaba una vez una ocurrencia de su vida familiar. Un hijo suyo le preguntaba: “Papá, ¿qué quieres tú que yo sea: abogado, médico, ingeniero, escritor?” Al oír esta última palabra el novelista no podía contener el gesto horrorizado del “vade retro”. Y le respondió al hijo: “Yo sólo quiero que tú seas simpático”. La simpatía es la llave que abre muchas puertas y la única que abre la puerta del corazón de los demás. Arquímedes Pous, a semejanza de aquel homónimo suyo que gritó “¡Eureka!”al descubrir las leyes de la flotación, no pedía otra cosa a las gentes que un punto de apoyo para mover al mundo con la palanca misteriosa de su simpatía.
Con alma de juglar, Pous peregrinó por toda la Isla y por la zona de l Caribe ofreciendo un espectáculo eminentemente popular en él que representaba ese personaje de nuestra “commedía dell’arte” que es el “negrito”.Su ‘‘negrito” tenía rasgos muy peculiares: no era ese sujeto resentido y chabacano que estamos acostumbrados a ver en la escena y que no resulta muy edificante. Era el “negrito” alegre, confiado en sí mismo, que goza en divertirse y también en divertir generosamente a los demás. Hace muchos años, cuando Kid Chocolate era aclamado campeón, yo escribí una breve nota en la Revista de Avance, que pretendía esbozar una interpretación sociológica de aquel personaje  impar. Decía yo que Kid Chocolate era la viva estampa del “negrito” de los solares, adscripto en la niñez a las viejas casas de una aristocracia venida amenos y que en la juventud había decidido abrirse paso en la vida con los puños. El boxeo resultaba, por lo tanto, una forma de la liberación del “negrito”. Al boxeo podemos añadirle el arte escénico y sobre todo el arte de la danza. El “negrito” de Pous era dicharachero y bailarín. Por su ingenio, su habilidad y su ritmo
tenía acceso a todas partes y borraba las discriminaciones absurdas. Era un personaje con vitalidad, con personalidad suficiente, para no temerle a la competencia.
En el orden teatral, Arquímedes Pous era un artista ansioso de superarse. Su laboriosidad era extraordinaria.  Un compañero suyo, Andrés Rubio, me ha referido que muchas  veces, después de terminada la función, al filo de las doce de la noche, el bueno de Arquímedes se quedaba en su camerino y sin quitarse el maquillaje se ponía a términar la obrita que había empezado esa tarde y que a la tarde siguiente había que leer y repartir. Cuando sus compañeros llegaban al teatro a la hora del mediodía se encontraban todavía a Pous inclinado sobre la mesa, con los ojos amoratados de insomnio, dando los últimos toques a su pieza. Así es de dura la vida de la escena. Contra lo que
la mayoría de la gente supone, el comediante dista mucho de estar en un lecho de rosas. Como en los tiempos de Lope, el público de hoy exige más de una 'obra “en horas veinticuatro” y a los autores y a los mimos no los queda más remedio que laborar sin descanso, quitando tiempo al sueño, para satisfacer la voracidad del monstruo multicéfalo.
Arquímedes Pous murió muy joven en Mayagüez, Puerto Rico. Los que fueron sus amigos lo recuerdan como una mixtura noble de bondad y autoridad. Era, nos dicen, un director jovial, afectuoso, pero a la vez exigente y enérgico. En su compañía, se podía jugar con muchas cosas, pero no con el oficio y mucho menos con el arte a que todos debían rendir pleitesía. Por bueno, por inteligente, por afanoso, Cienfuegos ha querido perpetuar en piedra su memoria, para que se vea que no son solamente los héroes de las armas y los paladines de la política los que cuentan en la historia de la ciudad. También el hacer reír, que es “obra de grandes ingenios”, y el hacer llorar, que es “obra de grandes artistas”, son contribuciones a la grandeza espiritual de un pueblo.

 Prometeo 23. Mayo-julio 1950. pp.18-19.

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