Ediciones de la Flecha

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11/27/18

En busca de Amalia Sorg

Hace mucho que busco a Amalia Sorg, unas veces llamada la tiple del Molino, otras, la vedette del Alhambra o la  bella del Alhambra,  por la novela testimonio de Miguel Barnet y la película de Enrique Pineda Barnet. En mi libro sobre los actores del XIX,  no hay nada sobre Amalia –por elección– para no repetir a otros. Pero un libro nunca termina, bien porque hay erratas negadas a la corrección y  plecas o guiones  saltarines que con las nuevas tecnologías, se escapan al corrector más esmerado o porque, de pronto, como el detective de un caso cerrado,  se encuentra  algo que te lleva a otro punto y así.   En una entrevista de Guillermo Villaronda de 1958,  Amalia Sorg, es ya la "bella del Alhambra" y aunque puede afirmarse que, como en el vodevil, esconde más de lo que enseña, ella misma dice que nació en Nueva York en la calle 77, hija de un padre alemán y una madre húngara de nombre Yanka Stern.
Como por un efecto especial, eran muy pobres y ella y su madre   aparecen en Cuba y dejan a Sorg atrás,  en Chicago. La jovencita Sorg va a Cataluña, donde estudia música, pero nostálgica, regresa a la isla  y cae en las huestes del Albisu por trece años con el director  Modesto Julián.  Del Molino Rojo, de eso "no se habla".
Sorg, con picardía, convierte las preguntas íntimas en amenazas y retos al periodista, como en un juego  o se encarga de "novelar"  episodios de su vida. Muy pobres, su madre y ella encuentran a un hombre al que falta una pierna, le dan unos céntimos y resulta ser un millonario que quiere adoptarla con papeles y todo. Otro gran amor es "un señor cuyo hijo murió recientemente", otro, el padre del actor Julio Villarreal.  Hay un romance con  un magistrado –que se mudó a Matanzas– y estas palabras "¡No sé si lo odio, lo bendigo o lo quiero, solo sé que le debo la plenitud de mi vida!" Quizás el lector del 58 tenía todas las pistas.
Entre tantos anónimos, sobresale Federico Villoch: "Me quedé al lado de Federico hasta el día en que me retiré del Alhambra".  A los 36 años. Relata episodios pintorescos sobre cómo pudo salvar su fortuna  durante el crack de los veinte gracias a dos caballeros y algunas frases como para el mejor folletín: "Para ser la esposa de un canalla, prefiero ser la esposa de un caballero".
Si en 1958 se la trata como una figura mítica poseedora de "los ojos más lindos que brillaron en el Alhambra", ella se encarga de ofrecer algo más, su visión sobre el teatro.

Alhambra era un periódico satírico. Vivía de enjuiciar la política. Cuando se anunciaba "para hombres solos" era porque en realidad a las mujeres de la época no les interesaba la política y por lo tanto, nada tenían que hacer frente a su escenario [...]

Pero Alhambra era tan moral como el teatro que más lo pareciera en aquellos tiempos. Sus obras se resestrenaban en el Payret y el Nacional sin quitarle ni ponerle. Recuerdo que Waldo Frank estuvo una vez en Alhambra y salió maravillado de su arte genuinamente vernáculo. Hay que señalar que si Alhambra hubiera sido inmoral o desmoralizador, la reacción del gran escritor norteamericano hubiera sido otra.
Bastante más que la tiple del Molino, fue Guarina en Cristóbal Colón gallego, y escandalizó en La Pay pay.

En 1918 es la tercera en el concurso de simpatía de la revista Mundial después de Esperanza Iris y Consuelo Mayendía. Cyrano de Bergerac escribe que:

A la par que sencilla,  era estudiosa. Paso a paso ha ido imponiéndose al público, hasta  llegar a ser una  de las tiples del género bufo que con mayores simpatía cuenta. De tener  más amplios horizontes el género, Amalia acabaría por convertirse en una notabilidad. Y acabaría por convertirse en una gran estrella porque para ello cuenta con dotes de ductilidad envidiables. Culta e inteligente, de todo lo que ella es capaz bien dirigida y mejor encaminada nos lo prueba la labor que a diario rinde en el  Alhambra y que escabrosidades a un lado, rendirá muy en breve en el Nacional. Villoch ha encontrado en la Sorg una intérprete afortunada para uno de los tipos del teatro que con tanto acierto dirige.

Cuarenta años después, Amalia juega con el periodista y lo invita a probar una sopa húngara por la receta de su madre.

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