El periódico Granma publicó un comentario sobre
Francisco Covarrubias, sentido y bien escrito, que habla de la
biografía de José A. Millán, publicada y reconocida, que es la que todo
el mundo cita y yo pensaba reproducir en una nueva edición de La chimenea encantada, publicado en 2017 en versión papel y digital. En 1928 hay otra biografía breve escrita por Enrique Larrondo y Maza y, sueltos en los periódicos, cientos de alusiones, consideraciones, escritos y versos del propio actor. Reuní algunos de estos en esa edición de hace ocho años. Datos y comentarios valiosos tienen los libros recientes de Carlos Padrón.
Epílogo
Covarrubias se olvida pronto. El beneficio a su
viuda se posterga de teatro en teatro con justificaciones y evasivas hasta que
termina, si es que llega a celebrarse, como función de aficionados en el teatro
Paraíso de Regla con la puesta de El mendigo de Bruselas interpretada
por Cerveto de Cisneros, su esposo y un grupo de entusiastas. En julio de 1851,
a un año de su muerte, José Agustín Millán repone antiguos sainetes y estrena
nuevos como Un californiano con el gracioso Vicente González y la
compañía de Robreño, esa que llegó a las costas de Trinidad por un naufragio y
arraigó en la isla a los descendientes del catalán José Robreño i Tort,
grabador, poeta y empedernido crítico social. Y aunque su hijo José,
sobreviviente como sus hermanos Francisco y Daniel, escribía una historia del
teatro cubano, ninguno de ellos deja un testimonio sobre ese contemporáneo que
conocieron tanto. Su tataranieto Eduardo ha dicho que Covarrubias muere en la
casa de su familia. Si traspasa a alguien su legado –de manera simbólica– es a
una niña de nueve años, Adela Robreño, que actúa para él en Cárdenas. Debuta en
Trinidad y Puerto Príncipe, imita los bailes de la Elssler, actúa en comedias
de magia y de tramoya y llegará a ser la perla, la primera actriz cubana famosa
fuera de sus fronteras.
Aunque Bachiller y Morales, Calcagno, Domingo
Rosaín y Serafín Ramírez son imprescindibles, las fuentes primarias esconden
probablemente datos sobre el cómico sepultados en los periódicos o en las
genealogías. La colección de Enrique Hurtado de Mendoza registra un documento
con un Antonio de Covarrubias y Barbosa, con más de setenta años en 1812 y
varios hijos, entre ellos uno de nombre Francisco. ¿Es el padre del actor?
A estas alturas el historiador no puede esperar
sorpresas, una revelación o hallar un manuscrito traspapelado. Intuitivo o
perfeccionista, Covarrubias no quiso imprimir sus obras. Actor, experimentó la
condición efímera de la escena y escribió con arena o con agua obras
“pintorescas” que aplaudieron los habaneros y sentaron las bases para el auge
del bufo con su gracia y su mentira, pues en una sociedad amordazada por la
censura, sin libertad de expresión, el público prefirió desde El príncipe
jardinero y fingido Cloridano, de Santiago Pita, el disfraz y el
ocultamiento para pensar sus verdades. Y Covarrubias les habló de costumbres o
se burló de ellas, basó sus tramas en la zambumbia, las fiestas y los velorios,
los periódicos locales y los extranjeros, las frecuentadas tertulias y las
ferias, la actualidad, los hábitos y hasta los milagros, todo contado por el
prisma del figurón ridículo, con licencia para vestirse como quería Virgilio
Piñera, envuelto en una sábana y con una palangana en la cabeza, y en lugar de
narrar triunfos, contó desgracias y descalabros. Quizás hasta soñó con un Baco
desnudo como correspondía a Sebastián Vázquez y de paso con sus indianos, sus
chuscos y los negritos de sus tonadillas. Y sus usureros léperos, influidos por
Bretón, que abrieron paso a los de Joaquín Lorenzo Luaces.
Al colaborar con Millán, aporta a sus textos su
experiencia de hombre de teatro y escritor. La Semana Literaria celebra
al dramaturgo: “He oído hablar de ellas: dícese que piensa publicarla en dos
tomos: el primero contendrá todos sus artículos sueltos y el segundo, sus
trabajos dramáticos. Son demasiado conocidas las buenas dotes del joven Millán
y le deseo mucha gloria de palabras y mucha más gloria de dinero.”
Efectivamente Millán publicó sus piezas en 1848 y 1857 y en ediciones aisladas.
Mientras, Covarrubias olvida las suyas, no las representa, muere en la miseria
y La Semana Literaria nunca escribe dos palabras sobre él. Si Millán
custodia su legado, a lo mejor no quiere que las publique porque no son
suficientemente buenas o porque le hacen sombra.
En los veinte, con el redescubrimiento cultural de
la isla, Enrique Larrondo y Maza lo saca a la superficie, lo desempolva, quiere
erigir un busto a su memoria cuando perpetuar en piedra era el sumo
reconocimiento. La comparación entre el teatro bufo y la comedia del arte es
un argumento sostenido por Salvador
Salazar y Fernando Ortiz pero ajeno a Covarrubias que hizo un solo tipo: el
figurón. Entre los años 40 y 50 Arrom y Carpentier le hacen justicia, ya es
tarde para hallar lo que buscaron antes afanosamente Trelles, Ortiz, Llaverías
y Pérez Beato y a veces encontraron. Francisco Ichaso lo recuerda a propósito
del busto de Arquímedes Pous erigido frente al Teatro Terry. Pero en la primera
mitad del siglo XIX solo Buenaventura Pascual Ferrer apreció su talento y
escribió sobre él acaso con rudeza. Sus contemporáneos callaron, la escena y
las ocurrencias del caricato debieron parecer burdas chocarrerías, salidas de
tono audaces pero toscas, demasiado vulgares para los que se juntan en el
Escauriza, bailan en las glorietas, acuden a la ópera, compran el Moisés en
Egipto de la imprenta de Barcina y se suscriben a El Almendares o El
Colibrí. “Mienten en escala
delirante los croniqueurs y nadie como ellos, sin embargo, para hacernos
entender con sus mentiras y con el aplastante poder de revelación que tiene la
cursilería, la aspiración de una época,” previene Calvert Casey en el Lunes
de Revolución donde Matías Montes Huidobro presenta al actor que antes hubo
que buscar con lupa. De igual manera sus décimas no pueden ser
juzgadas como literatura, sino como otra forma de actuar y un brazo extendido a
esos espectadores atraídos por su gracia y su duende.
En 1959, Fermín Borges, un casi desconocido autor,
publica un Manifiesto en tres partes en el periódico Revolución.
Esa noche de 1810 no fue
una noche como las otras, pues todos los espectadores, comediantes y
tramoyistas, y las paredes de madera y el viejo toldo que hacía de techo del
teatro, fueron testigos del milagro que se había realizado en la escena; su
cómico favorito, el cubanísimo Francisco Covarrubias, impulsado por una
legítima y poderosa necesidad de expresión, había adaptado aquel sainete
español a nuestro ambiente cubano. Había nacido así la primera expresión
nacional de nuestro teatro. Covarrubias se convertía en Padre del Teatro
Cubano. Había sido creado nuestro “teatro bufo”. Nuestra Comedia del Arte.
Aunque el Principal está en pleno funcionamiento y
es un teatro en regla y no se cubre con un toldo, intenta recuperar a
Covarrubias. A partir de 1960 Montes Huidobro completa el acercamiento. Jorge Antonio González
y Edwin Teurbe Tolón le dedican un capítulo de su documentado libro y en 1960,
sin terminar, se inaugura una sala del Teatro Nacional con su apellido porque
el de Avellaneda se reserva para la mayor. A más de un siglo de su muerte, sin
un nicho que lo recuerde o una lápida, da nombre a uno de los recintos más
importantes de la capital y a unas brigadas que llevan el teatro fuera de los
recintos. Yolanda Aguirre, no muy explícita, sitúa al caricato en las compañías
españolas hasta la llegada de Andrés Prieto y los Pautret. A partir de Arrom,
que hurgó en bibliotecas y archivos, no se puede repetir solo a Bachiller y
Morales. Se desconocen las obras que muchos le escribieron desde 1811. Tampoco
sabemos, pero lo indica su trayectoria, si está tan cerca de Andrés Prieto como
de Manuel Argente y Rosa Peluffo, ya que si Prieto lo admiró, Argente lo arropa
cuando más lo necesitaba.
Desde que Rine Leal en su “selva” ya no tan oscura,
se acerca a su figura de una manera tan personal y triste, nadie ha intentado
reinterpretar o comentar su increíble legado.
Casey, Calvert. “Hacia una comprensión total del XIX”. Lunes
de Revolución 84, 28 de noviembre de 1960. pp. 36-37.
Borges, Fermín. “Manifiesto de un joven dramaturgo
cubano”. (I) Revolución. La Habana. sábado 17 de enero, 1959: 7.
Montes Huidobro, Matías. “Nueva mirada hacia el pasado”.
Lunes de Revolución 84, 28 de nov. (1960) pp. 30-31. “Un actor se
prepara”. Lunes de Revolución no. 101. 3 de abril de 1961. pp. 13-14.